(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Biodiversity Heritage Library | Children's Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Los amantes de Teruel : drama en cuatro actos en verso y en prosa"

¿ í <* ó 



EL TEATRO 



COLECCIÓN DE OBRAS DRAMÁTICAS Y LÍRICA.S 



LOS AMANTES DE TERUEL 



!D Ei -A. 3S¿E -A. 



EN CUATRO ACTOS EN VERSO Y PROSA 



refundido expresamente para el Teatro Español 



POR SU AUTOR 



D. JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH 



QUINTA EDICIÓN 




MADRID 

FLORENCIO FISCOWICH, EDITOR 

(Sucesor de Hijos de A . Gullón) 

PEZ, 40.— OFICINAS: POZAS, 2, 2.° 
1900 



LOS AMANTES DE TERUEL 



Esta obra es propiedad de los herederos de D.* María 
Loreto Gullón de Fiscowich, y nadie podrá, sin su 
permiso, reimprimirla ni representarla en España ni 
en los países con los cuales haya celebrados ó se cele- 
bren en adelante tratados internacionales de pro- 
piedad literaria. 

Los propietarios se reservan el derecho de traducción 

Los comisionados de la galería lírico-dramática 
titulada EL TEATRO, deD. FLORENCIO FISCO- 
WICH, son los exclusivamente encargados de conce- 
der ó negar el permiso de-representación y aei cobro 
de los derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 






LOS AMANTES DE TERUEL 



DRAMA 



EN CUATRO ACTOS EN VERSO Y PROSA 



refundido expresamente para el Teatro Español 



POR SU AUTOR 



D. JUAN EUGENIO HARTZENBUSCH 



QUINTA EDICIÓN 



MADRID 

R. Velasco, imp., Maques de Santa Ana, n duplicado 
Teléfono número jj/ 

ÍOOO 



PERSONAJES 



Juan Diego Maktínee Gabcés de Mabcilla ó Mabsilla. 

Isabel de Seguea. 

Doña Mabgabita. 

Zdlima. 

Don Rodeigo de Azagba. 

Don Pedeo de Seguba. 

Don Mabtín Gaecés de Mabsilla. 

Tebesa. 

Adel. 

Osmin, africano. 

Soldados moros, cautivos, damas, caballeros, pajes, criados^ 
criadas, bandidos 



El primer acto pasa en Valencia y los demás en 
[Teruel.— Año de 1217 



ACTO PRIMERO 



Dormitorio morisco en el alcázar de Valencia. A la derecha del espec- 
tador una cama, junto al proscenio; á la izquierda una ventana 
con celosías y cortinajes. Puerta grande en el fondo y otras peque- 
ñas á los lados. 



ESCENA PRIMERA 

ZULIMA y ADEL. DIEGO MARSILLA adormecido en la cama: 
sobre ella un lienzo con letras de sangre 

Zul. No vuelve en sí. 

Adel Todavía 

tardará mucho en volver. 
Zul. Fuerte el narcótico ha sido. 

Adel Poco há.selo administré — 

Dígnate de oír, señora, 

la voz de un subdito fiel, 

que orillas de un precipicio 

te ve colocar el pie. 
Zul. Si disuadirme pretendes, 

no te fatigues, Adel. 

Partir de Valencia quiero, 

y hoy, hoy mismo partiré. 
Adel ¿Con ese cautivo? 

Zul Tú 

me has de acompañar con él. 
Adel ¿Así al esposo abandonas? 

¡Un Amir, señora, un rey! 



669091 



- 6 — 

Zül. Ese rey, al ser mi esposo, 

me prometió no tener 
otra consorte que yo. 
¿Lo ha cumplido? Ya lo ves. 
A traerme una rival 
marchó de Valencia ayer. 
Libre á la nueva sultana 
mi puesto le dejaré. 

Adel Considera... 

Zül. Está resuelto. 

El renegado Zaen, 
el que aterra la comarca 
de Albarrazín y Teruel, 
llamado por mí ha venido, 
y tiene ya en su poder 
casi todo lo que yo 
de mis padres heredé, 
que es de más para vivir 
con opulencia los tres. 
De la alcazaba saldremos 
á poco de anochecer. 

Adel ¿Y ese cautivo, señora, 

te ama? ¿Sabes tú quién es? 

Zul. Es noble, es valiente, en una 

mazmorra iba á perecer 
de enfermedad y de pena, 
de frío, de hambre y de sed: 
yo le doy la libertad, 
riquezas, mi mano: ¿quién 
rehusa estos dones? ¡Oh! 
si ofendiera mi altivez 
con una repusa, caro 
le costara su desdén 
conmigo. Tiempo hace ya 
que este acero emponzoñé, 
furiosa contra mi aleve 
consorte Zeit Abenzeit: 
quien es capaz de vengarse 
en el príncipe, también 
escarmentará al esclavo, 
como fuera menester. 

Adel ¿Qué habrá escrito en ese lienzo 

con su sangre? Yo no sé 
leer en su idioma; pero 



puedo llamará cualquier 
cautivo... 

Zul. El nos lo dirá, 

yo se lo preguntaré. 

Adel ¿No fuera mejor hablarle 

yo primero, tú después? 

Zül. Le voy á ocultar mi nombre: 

ser Zoraida fingiré, 
hija de Mervan. 

Adel j Mervan I 

¿Sabes que ese hombre sin ley 
conspira contra el Amir? 

Zul. A él le toca defender 

su trono, en vez de ocuparse 

contra la jurada fe, 

en devaneos que un día 

lugar á su ruina den. 

Mas Ramiro no recobra 

los sentidos: buscaré 

un espíritu á propósito... (vase.) 



ESCENA II 

ÓSMIN por una puerta lateral. ADEL, MAESILLA 

Osmin ¿Se fué Zulima? 

Adel " Se fué. 

Tú nos habrás acechado. 
Osmin He cumplido mi deber. 

Al ausentarse el Amir, 

con este encargo quedé. 

Es más cauto nuestro dueño 

qu^esa liviana mujer. 

El lienzo escrito con sangre 

¿dónde está? 

ADEL (Señalando la cama.) 

Allí. 
Osmin Venga. 

Ten. 

(Le da el lienzo y Osmin lee.) 

Mira si es que dice, ya 
que tú lo sabes leer, 
dónde lo pudo escribir, 



Adel 



— 8 — 

porque en el encierro aquel ¡ 

apenas penetra nunca 

rayo de luz: verdad es 

que rotas esta mañana 

puerta y cadenas hallé: 

debió, después de romperlas, 

el subterráneo correr, 

y hallando el lienzo... 
Osmin |Es posible! 

A del ¿Qué cosa? 

Osmin jOh, vasallo infiel! 

Avisar ai rey es fuerza, 

y al pérfido sorprender. 

A DEL ¿Es este el pérfido? (Señalando á MareiHa.) 

Osmin No; 

ese noble aragonés 

hoy el salvador será 

de Valencia y de su rey. 
Adel Zulima viene. 

Osmin Silencio 

con ella, y al punto vé 

á buscarme, (vase.) 
Adel Norabuena. 

Así me hará la merced , 

de explicarme lo que pasa. 



ESCENA III 

ZULIMA, adel. marsilla 

Zül. Déjame sola. 

Adel Está bien. (vasé.J 

ESCENA IV 

ZULIMA, MARSILLA 

Zul. Su pecho empieza á latir 

más fuerte: así que perciba .. 

(Aplícale un poniito á la nariz.) 

Mars. jAh! 

Zul. Volvió. 



Mars. I incorporándose.) ¡Qué luz tan viva! 

No la puedo resistir. 

ZuL. (Corriendo las cortinas de U ventana.) 

De aquella horrible mansión 

está á las tinieblas hecho. 
Mars. No es esto piedra: es un lecho. 

¿Qué ha sido de mi prisión? 
Zul. Mira este albergue despacio, 

y abre el corazón al £Ozo. 

MaRS. ¡Señora!... (Reparando en ella.) 

Zul. Tu calabozo 

se ha convertido en palacio. 
Mars. Di, (porque yo no me explico 

milagro tal) di, ¿qué es esto? 
Zul. Que eras esclavo, y que presto 

vas á verte libre y rico. 
Mars. ¡Libre! ¡Oh divina clemencia! 

¿Y á quién deboJ;al favor? 
Zul. ¿Quién puede hacerle mejor 

que la reina de Valencia? 

Zulima te proporciona 

la sorpresa que te embarga 

dulcemente: ella me encarga 

que cuide de tu persona: 

y desde hoy ningún afán 

permitiré que te aflija. 
Mars. ¿Eres? ^ 

Zul. DamaWuya, hija 

del valeroso Merván. 
Mars. ¿De Merván? (Aparte.) (¡Ah, qué recuerdo!) 

(Busca y recoge el lienzo.) 

Zul. ¿Qué buscas tan azorado? 

¡Ese lienzo ensangrentado! 
Mars. (Aparte.) (Si esta lo sabe, me pierdo.) 

Zul. ¿Qué has escrito en él? 

Mars. No va 

esto dirigido á tí; 

es para el rey. 
Zul. No está aquí. 

Mars. Para la reina será, 

Haz, pues, que á mi bienhechora 

vea: por Dios te lo ruego. 
Zul. Conocerás aquí luego 

á la reina tu señora. 



— 10 — 



Mars. 

ZüL. 



Mars. 



Zut. 



Mars. 



¡Oh! 

No estés con inquietud. 
Olvida todp pesar, 
trata solo de cobrar 
el sosiego y la salud. 
Defienda próvido el cielo 
y premie con altos dones 
los piadosos corazones 
que dan al triste consuelo. 
Tendrá Zulima, tendrás 
tú siempre un cautivo en mí: 
hermoso es el bÍ2n;por sí, 
pero en una hermosa más. 
Ayer, hoy mismo, ¿cuál era 
mi suerte? Sumido en honda 
cárcel, estrecha y hedionda, 
bin luz, sin aire siquiera, 
envuelto en infecta nube 
que húmedo engendra el terreno, 
paja corrompida, cieno 
y piedras por cama tuve. 
— Hoy... Si no es esto soñar, 
torno á la luz, á la vida, 
y espero ver la florida 
margen del Guadalaviar, 
allí donde alza Teruel, 



señoreando la alt 

sus torres de piedr^Pobscura 



5& 

que están mirándose en él. 
No es lo más que me redima 
la noble princesa mora: 
el bien que me hace, lo ignora 
aun la propia Zulima. 
Ella siempre algún misterio 
supuso en tí, y así espera 
que me des noticia entera 
de tu vida y cautiverio. 
Una vez que en tu retiro 
las dos ocultas entramos, 
te oímos, y sospechamos 
que no es tu nombre Ramiro. 
Mi nombre es Diego Marsilla, 
y cuna Teruel me dio, 
pueblo que ayer se fundó 



i» 



— 11 - 

y es hoy poderosa villa, 
cuyos muros, entre horrores 
de lid atroz levantados, 
fueron con sangre amasados 
de sus fuertes pobladores. 
Yo creo que al darme ser 
quiso formar el Señor 
modelos de puro amor 
un hombre y una mujer, 
y para hacer la igualdad 
de sus afectos cumplida, 
les dio un alma en dos partida, 
y dijo: «Vivid y amad.» 
Al son de la voz creadora 
Isabel y yo existimos, 
y ambos los ojos abrimos 
en un día y una hora. 
Desde los años más tiernos 
fuimos ya finos amantes: 
desde que nos vimos., antes 
nos amábamos de vernos, 
porque el amor principió 
á enardecer nueetras almas 
al contacto de la^ palmas 
de Dios cuando nos creó; ■ 
y así fué nuestro querer, 
prodigioso en niña y niño, 
encarnación del cariño 
que se adelantó al nacer, 
seguir Isabel y yo, 
al triste mundo arribando, 
seouir con el cuerpo amando 
como el espíritu amó. 

Zul. Inclinación tan igual 

solo dichas pronostica. 

Mars. Soy pobre, Isabel es rica. 

ZüL. (Aparte.) 

Respiro. 
Mars. Tuve un rival. 

Zul. ¿Sí? 

Mars. Y opulento. 

Zul. Y bien... 

Mars. Hizo 

alarde de su riqueza. . 



- 42 — 

Zul. ¿Y qué? ¿rindió la firmeza 

de Isabel? 

Mars. Es poco hechizo 

el oro para quien ama. 
Su padre, si; deslumhrado... 

Zul. ¿Tu amor dejó desairado, 

privándote de tu dama? 

Mars. Le vi, mi pasión habló 

su fuerza exhalando toda, 
y suspendida la boda 
un plazo se me otorgó, 
para que mi esfuerzo activo 
juntara un caudal honrado. 

£ul. ¿Es ya el término pasado? 

Mars. Aun vivo, señora, aun vivo. 

Seis años y una remana 
me dieron: los años ya 
se cumplen hoy; cumplirá 
el primer día mañana. 

Zul. Sigue 

Mars. Un adiós á la hermosa 

di, que es de mis ojos luz, 
y combatí por la cruz 
en las Navas de Tolosa. 
Gane con brioso porte 
crédito allí de guerrero; 
luego en Francia prisionero 
Ciú del conde Monforte. 
Huí, y en Siria un francés 
albigense refugiado 
á quien había salvado 
la vida junto á Besiés, 
me dejó, al morir, su herencia: 
volviendo con fama y oro 
á España, pirata moro 
me apresó y trajo á Valencia. 
Y en pena de que rompió 
de mis cadenas el hierro 
mi mano, profundo encierro 
en vida me sepultó, 
donde mi raro custodio, 
sin dejarse ver ni oir, 
me prolongaba el vivir, 
ó por piedad ó por odio. 






— 13 — . 

De aquel horrendo lugar 
me sacáis, bella mujer. 
Sentir sé y agradecer: 
di cómo podré pagar. 

Zül. No borres de tu memoria 

tan debido ofrecimiento, 
y haz por escuchar atento 
cierta peregrina historia. 
Un joven aragonés 
vino cautivo al serrallo: 
sus prendas y nombre callo, 
tú conocerás quién es. 
Toda mujer se lastima 
de ver padecer sonrojos 
á un noble: puso los ojos 
en el esclavo Zulima, 
y férvido amor en breve 
nació de la compasión: 
aquí es brasa el corazón; 
allá, entre vosotros, nieve. 
Quiso aquel joven huir; 
fué desgraciado en su empeño: 
le prenden, y por su dueño 
es condenado á morir. 
Pero en favor del cristiano 
velaba Zulima: ciega, 
loca, le salva:— más, llega 
á brindarle con su mano. 
Respuesta es bien se le dé 
en trance tan decisivo: 
habla tú por el cautivo; 
yo por la reina hablaré. 

Mars. Ni en desgracia ni en ventura 

cupo en mi lenguaje dolo. 
Este corazón es sólo 
para Isabel de Segura. 

Zül. Medita, y concederás 

al tiempo lo que reclama. 
¿Sabes tú si es fiel tu dama? 
¿Sabes tú si la verás? 

Mars. Me matará mi dolor 

si fuera Isabel perjura: 
mi constancia me asegura 
la. fineza de su amor. 



— 14 — 

Con espíritu gallardo, 
si queréis, daré mi vida: 
dada el alma y recibida, 
fiel al dueño se la guardo. 

Zul. Mira que es poco prudente 

burlar á tu soberana, 
que tiene sangre africana 
y ama y odia fácilmente. 
Y si elía sabe que cuando 
yo su corazón te ofrezco, 
por ella el dolor padezco 
de ver que le estás pisando: 
volverás á tus cadenas 
y á tu negro calabozo, 
y allí yo, con alborozo 
que más encone tus penas, 
la nueva te llevaré 
de ser Isabel esposa. 

Mars. Y en prisión tan horrorosa, 

¿cuántos dias viviré? 

Zül. I Rayo del cielo! El traidor 

cuanto fabrico derrumba: 
defendido con la tumba, 
se ríe de mi furor. 
Trocarás la risa enllanto. 
Cautiva desde Teruel 
me han de traer á Isabel .. 



Mars. 


¿Quién eres tú para tanto? • 


ZUL. 


Tiembla de mí. 


Mars. 


Furia vana. 


Zül. 


¡Insensato! La que ves 




no es hija de Merván, es 




Zulima. 


Mars. 


¡Tú la Sultana! 


Zül. 


La Reina. 


Mars. 


Toma, con eso 




(Dándole el lienzo ensangrentado.) 




correspondo á tu afición: 




entrega sin dilación 




á hombre leal y de seso 




el escrito que te doy. 




Sálvete su diligencia. 


Zül. 


¡Cómol ¿Qué riesgo?... 


Mars. 


A Valencia 



— 15 — 

tu esposo ha de llegar hoy, 
y en llegando, tú y él y otros 
al sedicioso puñal 
perecéis. 

Zul. ¿Qué desleal 

conspira contra nosotros? 

Mars. Merván, tu padre supuesto. 

Si tu cólera no estalla, 
mi labio el secreto calla, 
y el fin os llega funesto. 

Zul. ¿Cómo tal conjuración 

á ti?... 

Mars . Frenético ayer, 

la puerta pude romper 
de mi encierro, látprisión 
recorro, oigo hablar, atiendo.., 
— Junta de aleves impía 
era, Merván presidía. — 
Allí supe que volviendo 
á este alcázar el Amir, 
trataban de asesinarle. 
Resuélvome á no dejarle 
pérfidamente morir, 
y con roja tinta humana 
y un pincel de mi cabello 
la trama en un lienzo sello 
y el modo de hacerla vana. 
Poner al siguiere día 
pensaba el útil aviso 
en la cesta que el preciso 
sustento me conducía. 
Vencióme tenaz modorra, 
más fuerte que mi cuidado: 
desperté, maravillado, 
fuera ya de la mazmorra. 
Junta, pues, tu guardia, pon 
aquí un acero, y que venga 
con todo el poder que tenga 
contra ti la rebelióa. 

Zul. Dé á la rebelión castigo 

quien tema por su poder; 
no yo, que al anochecer 
, huir pensaba contigo. 
Poca gente, pero brava, 



% 



__ i6 — 

que al marchar nos protegiera, 
sumisa mi voz espera 
escondida en la alcazaba. 
Con ellos, entre el rebato 
del tumulto, partiré; 
con ellos negociaré 
que me venguen de un ingrato. 
Teme la cuchilla airada 
de Zaén, el bandolero, 
tiembla, más que de su acero, 
de esta daga envenenada. 
¡Ay del que mi amor trocó 
en frenesí rencoroso! 
¡Nunca espere ser dichoso 
quien de eelos,me matól 
Mars. ¡Zulima!... ¡Señora!... 

(Vase Zulima por la puerta del fondo y cierra por 
dentro.) 



ESCENA V 

OSMIN, MAliSILLA. 

Osmin Baste 

de plática sin provecho. 

Al rey un favor has hecho: 

acaba lo qne empezaste. 
Mars. ¡Cómo! ¿Tú? 

Osmin El lienzo he leído 

que al rey dirigiste: allí 

le ofreces tu brazo. 
Mars. Sí, 

armas y riesgo le pido. 
Osmin Pues bien, dos tropas formadas 

con los cautivos están: 

serás el un capitán, 

el otro Jaime Celia das. 
Mars. ¡Jaime está aquíl Es mi paisano, 

es mi amigo. 
Osmin Si hay combate, 

así tendrá su rescate 

cada cautivo en la mano. 

Con ardimiento lidiad. 



* 



— 17 — 



Mars 



OSMIN 

Mars. 

OáMIN 



¿Quién, de libertad sediento, 
no lidia con ardimiento 
al grivO de libertad? 
Cuanto á Zulima... 

También 
libre ha de ser. 

No debiera; 
pero llévesela fuera 
de nuestro reino Zaen. 



ESCENA VI 



ADEL, SOLDADOS MOROS, MARSILLA, OSMIN. 



Adel 



OSMIN 

Mars. 



OSMIN 

Mars. 
Voces 
Mars. 

OSMIN 

Adel 
Sol. Moro 

Zdl. 



Osmin, á palacio van 
turbas llegando en tumulto, 
y Zaen, que estaba oculto, 
sale aclamando á Mervan. 
Zulima nos ha vendido. 
Ya no hay perdón que le alcance. 
Después de correr el lance, 
se dispondrá del vencido. 
Cuando rueda la corona 
entre la sangre y el fuego, 
primero se triunfa, luego... 
¡Se castiga. 

Se perdona. 
(Dentro.) ¡Mu era el tiranol 

¡Mi espada! 
¡Mi puesto! 

Ven, ven á él. 
Ocupa el salón, Adel. (vánse osmm 
Penetrad. 

Está cerrada 
la puerta. 

(Dentro.) Abrid. 

(Ábresela puerta del fondo y aparece 



y Marsilla.) 



i e] salón Zu- 



lima, escoltada por una cuadrilla de bandidos. I 



-<8- 
ESCENA VII 

ZULIMA, BANDIDOS, ADEL, SOLDADOS MOROS 

Adel Pies atrás, 

bandidos. 
Zul Seguidme á mí. 

Adel Todos perecéis aquí, 

si estáis un momento más. 
Voz (Dentro.) ¡Viva el reyl 

Adel El rey llegó. 

Retírate con presteza (a zuiima.) 

ó pedirá tu cabeza 

y habré de dársela yo 

Vosotros, sus valedores, 

llevadla . 
Zul. Yo os lo prohibo. 

¡Mueran el rey y el cautivo! 

BAND. ¡Mueran! (Dirígense á los soldados moros.) 

ESCENA VIII 

MARSILLA, que se precipita en la escena, con espada en mano, se- 
guido de cautivos armados.— DICHOS. 

Mars. Adel y los suyos. ¡Mueran los traidores! 

(Los bandidos, que habían avanzado hacia los solda- 
dos moros, retroceden al ver la tropa de Marsilla, y 
se vuelven por la puerta del fondo, cerrándola. Marsi- 
lla y los suyos echan la puerta abajo y persiguen á los 
fugitivos.) 



FIN DEL ACTO PRIMERO 



ACTO SEGUNDO 



Teruel.— Sala en casa de don Pedro Segura. 



ESCENA PRIMERA 

DON PEDRO, entrando en su casa. MARGARITA, ISABEL y TERE- 
SA, recibiéndole. 



Marg. 


¡Esposo! (Arrodillándose.) 


ISAB. 


¡Padre! (Arrodillándose.) 


Ter. 


¡Señor! 


Pedro 


Hija, Margarita, alzad. 


ISAB. 


Dadme á besar vuestra mano. 


Marg 


Déjame el suelo besar 




que pisas. 


Ter. 


(a Margarita.) Vaya, señora, 




ya es vicio tanta humildad. 


Pedro 


Pedazos del corazón, 




no es ese vuestro lugar. 




Abrazadme. (Levanta y abraza á las di 


Ter. 


Así me gusta. 




Y á mí luego 


Pedro 


Ven acá, 




fiel Teresa. 


Ter. 


Fiel y franca, 




tengo en ello vanidad. 


Pedro 


Ya he vuelto por fin. 


Marg. 


Dios quiso 




mis plegarias escuchar. 


Pedro 


Gustoso á Monzón partí, 



— 20 — 



Ter. 
Marg. 

ISAB. 

Pedro 



Ter. 

Marg. 

Ter. 



Marg. 
Tur. 



ISAB. 

Ter. 
Marg 



comisionado especial 

para ofrecer á don Jaime 

las tropas que alistará 

nuestra villa de Teruel 

en defensa de la paz, 

que den Sancho y don Fernando 

nos quieren arrebatar: 

fué don Rodrigo de Azagra 

obsequioso y liberal 

acompañándome al ir, 

y me acompaña al tornar; 

mas yo me acordaba siempre 

de vosotras con afán. 

Triste se quedó Isabel, 

mas triste la encuentro. 

Ya. 
¡Teresa! 

¡Padre! 

Hija mía, 
dime con sinceridad 
lo que ha pasado en mi ausencia. 
Poco tiene que contar. 
jTeresa! 

Digo bien. ¿Es 
por ventura novedad 
que Isabel suspire, y vos (a Margarita.) 
recéis, y ayunéis á pan 
y agua, y os andéis curando 
enfermos por caridad? 
Es la vida que traéis, 
lo menos quince años ha... 
Basta. 

Y hace seis cumplidos 
que no se ha visto asomar 
en los labios de Isabel 
ni una. sonrisa fugaz. 

(Aparte.) 

(|Ay mi bien!) 

En fin, señor, 
del pobrecillo don Juan 
Diego de Marsilla, nada 
se sabe. 

Si no calláis 
venid conmigo. 



- 21 — 

Ter. Ir con vos 

fácil es; pero callar... 

(Vaase Margarita y Teresa. Don Podro se quita la es 
l>ada"y la pone sobre un bufete.) 



ESCENA II 



DON PEDRO, ISABEL 



Pedro 



IS£B. 

Pedro 



Isad. 
Pedro 



ISAB. 
i"EDRO 



Mucho me aflige, Isabel, 
tu pesadumbre tenaz; 
pero por desgracia yo 
no la puedo remediar. 
Esclavo de su palabra 
es el barón principal: 
tengo empeñada la mía, 
la debo desempeñar. 
En el honor de tu padre 
no se vio mancha jamás: 
juventud honrada pide 
más honrada ancianidad. 
No pretendo yo... 

Por otra 
parte, parece que están 
de Dios ciertas cosas. Oye 
un lance bien singular, 
y di si no tiene traza 
g_ de caso providencial. 
A ver. 

En Teruel vivió 
t no sé si te acordarás) 
un tal Roger de Lizana, 
caballero catalán. 
¿El templario? 

Sí, Roger 
paraba en Monzón. Allá 
es voz que penas y cufpas 
de su libre mocedad 
trajeron le una dolencia 
de espíritu y corporal, 
que vino á dejarle casi 
mudo, imbécil, incapaz. 
Pacífico en su idiotez, 



— 22 — 

permitíanle vagar 

libre por el pueblo. Un día, 

sobre una dificultad 

en mi encargo y sobre cómo 

se debiera de allanar, 

don Rodrigo y yo soltamos 

palabras de gravedad 

Marchóse enoja do, y yo 

exclamé al verle marchar: 

¿Ha de ser este hombre dueño 

de lo que yo quiero más? 

Si la muerte puede sola 

mi palabra desatar, 

lléveme el Señor, y quede 

Isabel en libertad. 

Isab. ¡Oh padre! 

Pedro En esto un empuje 

tremendo á la puerta dan; 
se abre, y con puñal en mano 
entra. . 

Isab. 'Virgen del Pilar! 

¿Quién? 

Pedro Roger. Llégase á mí, 

y en voz pronunciada mal, 
uno (dijo) de los dos 
la vida aquí dejará. 

Isab. ¿Y qué hicisteis? 

Pedro Yo, pensando 

que bien pudiera quizás 
mi muerte impedir alguna 
mayor infelicidad, 
crucé los brazos, y quieto 
esperé el golpe mortal. 

Isab ¡Cielos! ¿Y Roger? 

Pedro Roger, 

parado al ver mi ademán, 
en lugar de acometerme 
se fué retirando atrás, 
mirándome de hito en hito, 
llena de terrnr la faz. 
Adó con entrambas manos 
el arma por la mitad, . 
y señas distintas hizo 
de querérmela entregar. 



— 23 - 

Yo no le atendí, guardando 
completa inmovilidad 
como antes, y él con los ojos 
fijos, y sin menear 
los párpados, balbuciente 
dijo: «Matadme, salvad 
en el hueco de mi tumba 
mi secreto criminal » 

Isab. ¡Su secreto! 

Fédro En fin, de estarse 

tanto sin pestañear; 
él, cuyos sentidos eran 
la suma debilidad, 
se trastornó, cayó; dio 
la guarnición del puñal 
en tierra, le fué la punta 
al corazón á parar 
al infeliz, y á mis plantas 
rindió el aliento vital. 
Huí con espanto: Azagra, 
viniéndose á disculpar 
conmigo, me halló; le dije 
que no pisaba el umbral 
de aquella casa en mi vida, 
y él próvido y eficaz, 
avisó al rey y mandó 
el cadáver sepultar. 
Ya ves, hija: por no ir 
yo contra tu voluntad, 
por no cumplir mi palabra, 
quise dejarme matar, 
y Dios me guardó la vida: 
su decreto celestial 
es sin duda que esa boda 
se haga por fin, y se hará, 
si en tres días no parece 
tu preferido galán. 

ISAB. (Apearte.) , 

(¡Ay de él y de mí!) 



- 24 — 
ESCENA IÍI 

TERESA, DON PEDRO, ISABEL 

Ter. Señor, 

acaba de preguntar 
por vos don Martín, el padre 
de don Diego. 

ÍSAB. (Aparte.) (¿SÍ Sabrá?...) 

Ter. Como es enemigo vuestro, 

le he dejado en el zaguán. 
Pedro Al enemigo se le abren 

las puertas de par en par. 

Que llegue. Vé con tu madre. I Vase Teresa.) 

ISAS. (Aparte.) 

(Ella á sus pies me verá 
llorando hasta que consiga 
vencer su severidad.) (vase.) 

ESCENA VI 

DON PEDRO ' 

Desafiados quedamos 
al tiempo de cabalgar, 
yo para Mozón: el duelo 
llevar á cabo querrá. 
Bien. Pero él ha padecido 
una larga enfermedad. 
Si no tiene el brazo firme, 
conmigo no lidiará. 



ESCENA V 

DON' PEDRO, DON MARTÍN 

Mart. Don Pedro Segura, spais bien venido. 

Pedro Y vos, don Martín G arces de Mamila, 

seáis bien hallado: tomad una silla. 

(Siéntase don Martín, mientras don Pedro va a tomar 
su espada. ) 






— 25 



Mari . 
Pedro 

Mart . 
Pedro 
Maut. 
Pedro 
Mart . 
Pedro 

Mart . 
Pedro 
Mart . 
Pedro 



Mart. 
Pedro 

Mart . 
Pedro 
Mart . 

Pedro 

Mart. 

Pedro 
Mart . 



Dejad vuestra espada. 
( sentándose ) Con pena he sabido 

la grave dolencia que habéis padecido. 
Al fin me repuse del todo. 

No sé... 
Domingo Celladas... 

Fuerte hombre es á fe. 
Pues siempre á la barra le gano el partido. 
Así os quiero yo. Desde hoy, elegid 
al duelo aplazado seguro lugar. , 

Don Pedro, yo os tengo primero que hablar. 
Hablad en buen hora: ya escucho. Decid. 
Causó nuestra riña .. 

La causa omitid: 
sabérnosla entrambos. Por vos se me dijo 
que soy un avaro, y os privo de un hijo. 
De honor es la ofensa, precisa la lid. 
¿Tenéisme por hombre de aliento? 

é Sí tal. 
Si no lo creyera, con vos no lidiara. 
Jamás al peligro le vuelvo la cara. 
Sí, nuestro combate puede ser igual. 
Será por lo mismo... 

Sangriento, mortal. 
Ha de perecer uno de los dos. 
Oid un suceso feliz para vos... 
feliz para entrambos. 

Decídmele. ¿Cuál? 
Tres meses hará que en lecho de duelo 
me puso la mano que todo lo guía. 
Del riesgo asustada la familia mía, 
quiso en vuestra esposa buscar su consuelo. 
Con tino infalible, con próvido celo, 
salud en la villa benéfica vierte, 
y enfermo en que airada se ceba la muerte, 
le salva fu mano, bendita del cielo. 
Con vos irritado, no quise atender 
aviso que daba piadosa inquietud. 
No cobre (decía) jamás la salud, 
si mano enemiga la debe traer. 
Mayor mi tesón á más padecer, 
la muerte en mi alcoba plantó su bandera. 
Por fin una noche... ¡Qué noche tan fiera! 
Blasfemo el dolor hacíame ser; 



— 26 - 

pedía una daga con furia tenaz, 
rasgar anhelando con ella mi pecho... 
l£n esto á mis puertas, y luego á mi lecho» • 
. llegó un peregrino, cubierta la faz. 
Ángel parecía de salud y paz... 
Me habla, me consuela; benigno licor 
al labio me pone; me alivia el dolor 
y parte, y no quiere quitarse el disfraz. 
La noche que tuve su postrer visita, 
ya restablecido, sus pasos seguí. 
Cruzó varias calles, viniendo hacia aquí, 
y entró en esa ruina de gótica ermita, 
que á vuestros jardines términos limita. 
Detúvele entonces: el velo N cayó, 
radiante la luna su rostro alumbró... 
Era vuestra esposa. 

Pfdro ¡Era Margarita! 

Mart. Confuso un momento cóbreme después 
y vióme postrado la noble señora. 
— Con tal beneficio, no cabe que ahora 
provoque mi mano sangriento revés, 
Don Pedro Segura, decid á, quien es 
deudor este padre de verse con vida, 
que ya nuestra lid está fenecida. 
Tomad este acero, ponedle á sus pies. 

(üa su espada á don Pedro, que la coloca en < i 

bufete.) 
Pedro ¡Feliz yo, que logro el duelo excusar 

con vos, por motivo que es tan lisonjero! 

Si pronto me hallasteis, por ser caballero, 

cuidado me daba el ir á lidiar. 

Con tal compañera, ¿quién no ha de arriesgar 

con susto la vida que lleva, dichosa? 

Ella me será desde hoy más preciosa, 

kj ya vuestro amigo queréisme llamar. 
Mart. Amigos seremos. (Danse Las manos.) 
Pedro Siempre. 

Mart Siempre, sí. 

Pedro Y al cabo, ¿qué nuevas tenéis de don Diego? 

En hora menguada, vencido del ruego 

de Azagra, la triste palabra le di. 

Si antes vuestro hijo se dirige á mí, 

¡cuánto ambas familias se ahorran de llanto! 

No lo quiso Dios. 












- ¿7 - 

Marx. Yo su nombre santo 

bendigo; mas lloro por lo que perdí. 

Pedro ¿Pero qué?... 

Marx. Después de la de Maurel, 

donde cavó en manos d(-\ conde Simón,, 
de nadie consigo señal ni razón, 
por más que anhelante pregunto por él. 
Cada día al cielo con súplica fiel 
pido que me diga qué punto en la tierra 
vivo le sostiene, ó muerto le encierra; 
mundo y cielo guardan silencio cruel. 

Pedro El plazo otorgado dura todavía. 

Una hora, un instante le basta al Eterno: 
y mucho me holgara si fuera mi yerno, 
quien á mi Isabel tan fino quería. 
Pero si no viene, y cúmplese el día, 
y llega la hora. I por más que me pesa, 
me tiene sujeto sagrada promesa: 
si fuera posible, no la cumpliría. 

Marx . Diligencia esca.-a, fortuna severa 

parece que en suerte á mi sangre cupo: 
.quien á la desgracia sujetar no supo, 
sufrido se muesire cuando ella le hiera. 
Adiós 

Pedro Nc han de veros de aquesa manera. 

Yo quiero esta espada; la mía tomad (fiéwsii 
en prenda segura de fiel amistad. 

Mari. Acepto; un monarca llevarla pudiera. 
(Vase don Martín y don Pedro le acompaña.) 



ESCENA VI 
MARGARITA, esabel 



AlARG. (Aparte, siguiendo con la vista ■<>. los dos que se re- 

tiran.) 

(Aunque nada les oí, 
deben estar ya los dos 
reconciliado:-., 

lSAíi. (Que viene ira- su madre.) 

Por Dios, 
madre, haced caso de mí. 



Marg. No, que es repugnancia loca 
Ja que mostráis á un enlace, 
que de seguro, nos hace 
á todos merced no poca. 
Noble sois; pero mirad 
que quien su amor os consagra, 
es don Rodrigo de Azagra, 
que goza más caüdad, 
más bienes: en Aragón 
le acatan propios y ajenos, 
y muestra, con vos al menos, 
apacible condición. 

Isab. Vengativo y orgulloso 

es lo que me ha parecido. 

Marg. Vuestro padre le ha creido 
digno de spr vuestro esposo. 
Prendarse de quien le cuadre 
no es lícito á una doncella, 
ni hay más voluntad en ella 
que la que tenga su padre. 
Hoy día, Isabel, así 
se conciertan nuestras bodas: 
así nos casan á todas 
y así me han casado á mí. 

Isab. ¿No hay á los tormentos míos 

otro consuelo que dar? 

Marg. No me tenéis que mentar 
vuestros locos amoríos. 
Yo por delirios no abogo. 
Idos. 

ISAB. i Sollozando al retirarse.) 

En vano esperé. 

Marg. ¡Qué! ¿Lloráis? 

Isab. Aún no fué 

vedado este desahogo. 

Marg. Isabel, si no os escucho, 
no me acuséis de rigor, 
comprendo vuestro dolor 
y le compadezco mucho; 
pero, hija .. cuatro años há 
que á nadie Marsilla escribe. 
Si ha muerto... 

Isab. ¡No, madre, vive!. 

¡Pero cómo vivirá! 



— 29 — 

Tal vez, llorando, en Sión 
arrastra por mí cadenas, 
quizá gime en las arenas 
de la líbica región. 
Con aviso tan funesto 
no habrá querido afl'girme. 
Yo trato de persuadirme, 
y sin cesar pienso en esto. 
Yo me propuse aprender 
á olvidarle, sospechando 
que infiel estaba gozando 
caricias de otra mujer. 
Yo escuché de su rival 
los acentos desabridos, 
y logré de mis oídos 
que no me sonaran mal. 
Pero ¡ay! cuando la razón 
iba á proclamarte ufana 
vencedora soberana 
de la rebelde pasión, 
al recordar la memoria 
un suspiro de mi ausente, 
se arruinaba de repente 
la fortaleza ilusoria; 
y con ímpetu mayor, 
tras el combate perdido, 
se entraba por mi sentido 
á sangre y fuego el amor. 
Yo entonces á la virtud 
nombre daba de falsía, 
rabioso lknto vertía, 
y hundirme en el ataúd 
juraba en mi frenesí 
antes que rendrme al yugo 
de ese hombre, fatal verdugo, 
genio infernal para mí. 

Marg . Por Dios, por Dios, Isabel, 
moderad ese delirio: 
vos no sabéis el martirio 
que me hacéis pasar con él. 

Isae. ¡Qué! ¿Mi audacia os maravilla? 

Pero estando ya tan lleno 
el corazón de veneno, 
fuerza es que rompa su orilla. 



— 30 - 

No á vo?, á la piedra inerte 
de esa muralla desnuda, 
á esa bóveda que muda 
oyó mi queja de muerte, 
á este suelo donde mella 
pudo hacer el llanto mío, 
á no ser tan duro y frío 
como alguno que le huella, 
para testigos invoco 
de mi doloroso afán; 
que, si alivio no le dan, 
no les ofende tampoco. 
Marg. ¿Quién con ánimo sereno 

la oyera?— El dolor mitiga: 
de una madre, de una amiga 
ven al cariñoso seno. 
Conóceme y no te ahuyente 
la faz severa que ves: 
máscara forzosa es 
que dio el pesar á mi frente; 
pero tras ella te espera, 
para templar tu dolor, 
el tierno, indulgente amor 
de una madre verdadera. 

ISAB ¡Madre míal (Abrázanse.) 

Marg . Mi ternura 

te oculté... porque debí.,. 
jHá quince años que hay aquí 
guardada tanta amargura! 
Yo hubiera en tu amor filial 
gozado, y gozar no debo 
nada ya, desde que llevo 
el cilicio y el sayal. 

Isab. ¡Madre! 

Marg. Temí, recelé 

dar á tu amor incentivo, 
y sólo por correctivo 
severidad te mostré; 
mas oyéndote gemir 
rada noche desde el lecho, 
y á veces en tu despecho 
mis rigores maldecir, 
yo ai Señor, de silencioso 
materno llanto hecha un mar, 



— 31 — 

ofrecí mil veces dar 
mi vida por tu reposo. 

Isab. ¡Cielos! ¡Qué revelación 

tan grata! ¡Qué injusta he sido! 
¿Que tanto me habéis querido? 
¡Madre de mi corazónl 
Perdonadme... ¡Qué alborozo 
siento, aunque llorar me veis! 
Seis años há, más de seis, 
que tanta dicha no gozo. 
Mi desgracia contemplad, 
cuando como dicha cuento 
que mis penas un momento 
aplaquen su intensidad. 
Pero este rayo que inunda 
en viva luz mi alma yerta, 
¿dejareis que se convierta 
en lobreguez más profunda? 
Madre, madre á quien a^oro, 
el labio os pongo en el pie: 
mi aliento aquí exhalaré 
si no cedéis á mi lloro, (póstrase.) 

Marg. Levanta, Isabel; enjuga 
tus ojos; confía. Sí: 
cuanto dependa de mí... 

Isab. Ya veis que en rápida fu^a 

el tiempo desaparece. 
Si pasan tres días, ¡tres! 
todo me sobra después, 
toda esperanza fallece. 
Mi padre, por no faltar 
á la palabra tremenda, 
le rendirá por ofrenda 
mi albedrío en el altar. 
Vuestras razones imprimen 
en su alma la persuasión: 
en mí toda reflexión 
fuera desacato, crimen. 
Y yo, señora, lo veo: 
podrá llevarme á casar; 
pero en vez de preparar 
las galas del himeneo, 
que á tenerme se limite 
una cruz y una mortaja, 



que esta gala y esta alhaja 
será lo que necesite. 
Marg. No, no, Isabel: cesa, cesa: 

yo en tu defensa me empeño: 
no será Azagra tu dueño, 
yo anularé la promesa. 
Me oirá tu padre, y tamaños 
horrores evitará. 
Hoy madre tuya será 
quien no lo fué tantos años. 



ESCENA VII 

TERESA, MARGARITA, ISABEL 

Ter. Señoras, don Rodrigo de Azagra pide licen- 

cia para visitaros. 
Marg Hazle entrar. A buen tiempo llega, (vase 

Teresa.) 

Isab. Permitid que yo me retire. 

Marg. Quédate en la pieza inmediata y escucha 
nuestra conversación. 

Isab. ¿Qué vais á decir? 

Marg . Óyelo, y acabarás de hacer justicia á tu ma- 
dre. (, Vase Isabel.) 



ESCENA VIII 



DON KODRIGO, MARGARITA 



Marg. 

Rod. 

Marg 



Rod. 



Marg. 

Rod. 
Marg 



Ilustre don Rodrigo... 
Señora .. al fin nos vemos. 
Honrad mi estrado, ya que la prisa de ve- 
nir á mi casa no os ha dejado sosegar en la 
vuestra. 

Aquí vengo á buscar el sosiego que nece- 
sito, (siéntase.) ¿Qué me decís de mi des- 
deñosa? 

¿Me permitiréis que hable con toda fran- 
queza? 

(Jen franqueza pregunto yo.— Hablad. 
Mi esposo os prometió la mano de su hija 



— 33 - 

única, y, pnr él, debéis contar de seguro con 
ella. Pero la delicadeza de vuestro amor y 
la elevación de vuestro carácter, ¿se sastisía- 
rían con la posesión de una mujer, cuyo ca- 
riño no fuese vuestro? 

Rod. El corazón de Isabel no es ahora mío, lo sé; 

pero Isabel es virtuosa, es el espejo de las 
doncellas: cumplirá lo que jure, apreciará 
mi rendida fe, y será el ejemplo de las ca- 
sadas. 

Marg. Mirad que su afecto á Marsilla no se ha dis- 
minuido. 

Rod. No me inspira celos un rival cuyo para- 

dero se ignora, cuya muerte para mí es in- 
dudable. 

Marg. ¿Y si volviese aún? ¿Y si antes de cumplir- 
se el término se presentara tan enamorado 
como se fué y con grandes mejoras en su 
fortuna? 

Rod. Mal haría en aparecer ni antes ni después 

de mis bodas. El prometió renunciar á Isa- 
bel, si no se enriquecía en seis años; pero yo 
nada lie prometido. Si vuelve, uno de los 
dos ha de quedar solo junto á Isabel. La 
mano que pretendemos ambos no se com- 
pra con oro, se gana con hierro, se paga con 
sangre. 

Marg. Vuestro lenguaje no es muy reverente para 
usado en esta casa y conmigo; pero os le 
perdono, porque me perdonéis la pesadum- 
bre que voy á daros. Yo, noble don Rodrigo: 
yo, que hasta hoy consentí en vuestro enla- 
ce con Isabel, he visto por último que de él 
iba á resultar fu desgracia y la vuestra. Ten- 
go, pues, que deciros, como cristiana y ma- 
dre, tengo que suplicaros por nuestro Señor 
y nuestra Señora, que desistáis de un empe- 
ño, ya poco distante de la temeridad. 

Rod. Ese empeño es público, hace muchos años 

que dura y se ha convertido para mí en caso 
de honor. Es imposible que yo desista. No 
os opongáis á lo que no podréis impedir. 

Marg. Aunque habéis desairado mi ruego, tal vez 
no le desaire mi esposo. 

3 



- 34 



Rod. 



Marg 
Rod. 



Marg. 
Rod. 

Marg , 
Rod. 

Marg. 
Rod. 



Marg 
Rod. 



Marg. 
Rod. 

Marg , 
Rod. 



Marg 
Rod. 

Marg, 



Mucho alcanzáis con él: adora en vos, y lo 
merecéis, porque ha quince años que os em- 
pleáis en la candad y la penitencia... Pero... 
¿os ha contado ya la muerte de Roger de 
Lizana? 

¡Cómo! ¿Roger ha muerto? 
Sí, loco y mudo, según estaba; desgraciada- 
mente según merecía, y á los pies de don 
Pedro, como era justo. 
¡Cielos! Nada sabía de ese infeliz. 
Ese infeliz era muy delincuente, era el co- 
rruptor de una dama ilustre. 
¡Don Rodrigo! 

Y lá dama era la esposa más respetable de 
esta ciudad. 

Por compasión... Roger ha muerto. 
Casi expiró en mis brazos. Yo tendí sobre 
el féretro su cadáver, yo hallé sobre su cora- 
zón unas cartas .. 
¡Cartas! 

De mujer... cinco... sin firma todas. Peo yo 
os las presentaré, y vos me diréis quién las 
ha escrito. 
¡Callad, callad! 

Si no, acudiré á vuestro esposo, bien cono- 
ce la letra. 

¡No! ¡Dádmelas, rompedlas, quemadlas! 
Se os entregarán: pero Isabel me ha de en- 
tregar á mí su mano primero. Dios os guar- 
de, señora. 
Deteneos, oidme. 
Para que os oiga, venid á verlas, (vaso.) 

Escuchad, escuchadme. (Vase tras don Ro- 
drigo.) 



ESCENA IX 



ISABEL y después TERESA 



Isaií. ¿Qué es lo que oí? No lo he comprendido, 

no quiero comprender ese misterio horrible: 
sólo entiendo que de infeliz he pasado á 

más. (sale Teresa.) 



— 25 — 

Ter. Señora, un joven extranjero ha llegado á 

casa pidiendo que se le dejara descansar un 
rato... 

ísab. Recíbele y déjame: no puedo hablar ahora, 

ni ver á nadie. 

Ter. Ya se le recibió y le han agasajado con vino 

y magras: por señas que nada de ello ha 
probado, como si fuera moro ó judío. Apar- 
te de esto, es muy lindo muchacho: he tra- 
bado conversación con él y dice que viene 
de Palestina. 

Isab. ¿De Palestina? 

Ter. Yo me acordé al punto del pobre don Die- 

go. — Como os figuráis que debe estar por 
allá... 

Isab. Sí. Llámele pronto, (vase Teresa.) ¡Virgen 

piadosa! [Que haya sido sueño lo que pienso 
que oí! ¡Oh! Pensemos en el que viene de 
Palestina! 



ESCENA X 

ZULIMA, en traje de nc-Tble aragonés; TERESA, ISABEL 



ZüL. 


El cielo os guarde. 


Isab. 


Y á vos 




también. 


Zul. 


(Aparte.) (Mi rival es esta.) 


Isab . 


Mejor podéis descansar 




en esta sala que fuera. 


Ter. 


Este mancebo, señora, 




viene de lejanas tierras, 




de Jerusalen, de Jope, 




de Belén y de Judea. 


Isab. 


¿Cierto? 


Zul. 


Sí. 


Ter. 


Y ha conocido 




allá gente aragonesa. 


Zul. 


Un caballero traté 




de Teruel. 


Isab. 


¿Cuál? ¿Quién? ¿Quién era? 




Su nombre. 


Zul. 


Diego Marsilla. 



36 



ISAB.' 


¡Os trajo Dios á mi puerta! — 




¿Dónde le dejais? 


Ter. 


Entonces, 




¿era: ya rico? 


ZUL. 


Una herencia 




cuantiosa le dejaron 




allí. 


Í8AB. 


Pero, ¿dónde queda? 


ZüL. 


Hace poco era cautivo 




del rey moro de V 7 al encía. 


Is¿B. 


¡Cautivo! ¡Infeliz! 


ZüL. 


No tanto. 


i 


Lá esposa del rey, la bella, 




la generosa Zulima, 




le quiso. 


Ter. 


¡Qué desvergüenza! 


ISAB. 


jY qué! ¿No viene por eso 




Marsilla donde le esperan? 


Ter. 


¿Se ha vuelto moro quizá? 


Zul. 


(Aparte.) 




(Ya que padecí, padezca. 




Finjamos.) 


ISAB. 


Hablad. 


ZüL. 


No es fácil 




resistir á una princesa 




hermosa y amante: al fin 




Marsilla, para con ella, 




era un miserable. 


Ter. 


Pero 




vamos, acabad... 


ISAB. 


(Aparte.) (¡Apenas 




vivo!) 


ZüL. 


El rey llegó á saber 




lo que pasaba; la reina 




pudo escapar, protegida 




por un bandido, cabeza 




de la cuadrilla temible 




qué ho} r anda por aquí cerca; 




y Marsilla... 


ISAB. 


¿Qué? 


ZUL. 


Rogad 




á Dios que le favorezca. 


ISAB. 


¡Ha muerto! ¡Jesús, valedme!. 




(Desmáyase.) 



— 37 — 

Ter. ¡Isabel! jleabell — ¡Buena 

la habéis hecho! 

Zul. (Aparte ) (Sabe amar 

esta cristiana de veras: 
yo sé más, yo sé vengarme.) 

Ter. ¡Señora! — ¡Paula! Jimena! 

(A Zulima.) 

Buscad agua, llamad gente. 

Zul. Allá voy. (Aparte.) (Con esta nueva 

se casará.) (vase.) 

Ter. ¡Dios confunda 

la boca ruin que nos cuenta 
noticia tan triste!... Pero 
un prójimo que no prueba 
cerdo ni vino, ¿qué puede 
dar de sí? 

(►Salen dos criadas, que traen agua.) 

Pronto aquí, lerdas. 
¿Dónde estabais? A ver: dadme 
el agua. 
ísab. ¡Ay, Dios! ¡Ay, Teresa! 



ESCENA XI 

MARGARITA, ISABEL, TERESA, CRIADAS 



Marg. 


¿Qué sucede? 


ISAB. 


¡Ay, madre mía! 




Ya no es posible que venga. 
Murió. 


Marg . 
Ter. 


¿Quién? ¿Marsilla? 

¿Quién 




ha de ser? 


ISAB. 


Y ha muerto en pena 




de serme infiel. 


Ter. 


Una mora, 




que dice que no era fea, 
la esposa del reyezuelo 
valenciano, buena pieza 




sin duda, nos le quitó. 


ISAB. 


¡En esto paran aquellas 
ilusiones de ventura 




que alimentaba risueña! 



— 3S - 

Conmigo nacieron, ¡ay!, 
ge van y el alma se llevan. 
Ese infausto mensajero, 
¿dónde está? Dile que vuelva. 

Marg. Sí, yo le preguntaré .. 

Ter. Pues como nos dé respuestas 

por el estilo... Seguidme. 

(Vanse Teresa y las criadas.) 



ESCENA XII 

MARGARITA, ISABEL 

Isab. ¡Quién figurarse pudiera 

que me olvidara Mamila! 
¡Qué sonrojo! ¡Qué vileza! 
Pero, ¿cómo ha sido, con o 
fué que no lo presintiera 
mi corazón? No es verdad: 
imposible que lo sea. 

i Se engañó, si lo creyó, 

la sultana de Valencia. 
Sólo por volar á mí, 
quebrantando sus cadenas, 
dejó soñar á la mora 
con esa falaz idea. 
Mártir de mi amor ha sido, 
que desde el cielo, en que reina, 
de su martirio me pide 
la debida recompensa. 
Yo se la daré leal, 
yo defenderé mi diestra: 
viuda del primer amor 
he de bajar á la huesa, 
Llorar libremente quiero 
lo que de vivir me resta, 
sin que pueda hacer ninguno 
de mis lagrimas ofenda. 
No he de ser esposa yo 
de Azagra: primero muerta. 

Marg. ¿Tendrá^ valor para?. . 

Isab. Sí, 

mi desgracia me le presta. 



— 39 — 



Marg 

ISAB. 

Marg 
Isab 

Marg. 
Isab. 



Marg, 



Isab. 



Marg 
Isab. 



Marg. 



¿Y si te manda tu padre? 
Diré que no. 

Si te ruega... 
No 

Si amenaza... 

Mil veces 
no. Podrán, en buen hora, 
de los cabellos asida, 
arrastrarme hasta la iglesia; 
podrán maltratar mi cuerpo, 
cubrirle de áspera j<-rga, 
emparedarme en un claustro 
donde lentamente muera, 
todo esto podrán, sí; pero 
lograr que diga mi lengua 
un sí perjuro, no 

Bien, 
bien... Tu valor. . me consuela. 

(Aparte.) 

(Nada oyó: más vale así. 
La culpa, no la inocencia 
debe padecer.) Ten siempre 
esa misma fortaleza, 
y no te dejes vencer, 
suceda Jo que suceda. 
Matrimonio sin cariño 
crímenes tal vez engendra. 
Yo sé de alguna infeliz 
que dio su mano violenta... 
y después de larga luena... 
desmintió su vida honesta. 
Muchos años lleva ya 
de dolor y penitencia, 
y al fin le toca morir 
de oprobio justo cubierta. 
¡Ah, madre! ¿Qué dije yo? 
Me olvidé con esa nueva 
de otra desdicha tan grande 
que á mi desdicha supera. 
I No te cases, Isabel! 
Sí, madre: mi vida es vuestra; 
dárosla me manda Dios, 
lo manda naturaleza. 
|H>jn! 



— 40 — 

Isaí'.. Por fortuna mía, 

Marsilla, al morir, me deja 
el corazón sin amor ■ 
y sin lugar donde prenda 
Por más fortuna, Marsil'a > 
de mí se olvidó en la ausencie 
y puso en otra mujer 
el amor que me debiera. 
Por dicha mayor, Azagra 
es de condición soberbia, 
celoso, iracundo: así 
mis lágrimas y querellas 
insufribles le serán, 
querrá que yo las contenga, 
no podré, se irritará 
y me matará. 

Marg. ¡Me aterras, 

hija, me matas á mí! 

Isab. Tengo yo cartas que lea: 

puede encontrármelas. 

Marg. jOh! 

Si como las tuyas fueran 
otras!... 

Isas. Y tengo un retrato 

en esta joya. (Saca un relicario.) 

¿Son esas 
sus fpcciones? Pues sabed 
que sin estudio ni regla, 
de amor guiada la mano 
al primer ensayo diestra, 
yo supe dar á ese rostro 
semejanza tan perfecta. 
Me sirvió para suplir 
de Marsilla la presencia; 
no le necesito ya; 
más vale que no le vea. 
¡Ah! Dejadme que le bese 
una vez... la última es eeta. 
Tomnd. ¿Veis? El sacrificio 
consumo, y estoy, serena, 
tranquila... como la tumba. 
Imitad vos mi entereza, 
mi calma... y no me digáis 
una palabra siquiera. 



— 41 — 



De mí vuestra fama pende: 

la conservaréis ilesa. 

Yo me casaré: no importa, 

no importa lo que me cuesta, (v 



ESCENA XIII 

MARGARITA 

¿Y debo yo consentir 
que la inocente Isabel 
por mi egoísmo cruel 
se ofrezca más que á morir''? 
Pero, ¿cómo he de sufrir 
que, perdida mi opinión, 
me llame todo Aragón 
hipócrita y vil mujer? 
Mala madre me hace ser 
mi buena reputación. 
A todo me resignara 
con ánimo ya contrito, 
si al saberee mi delito 
yo sola me de.- honrara. 
Pero á mi esposo manchara 
con ignominia mayor. 
¡Hija infeliz en amorl 
¡Hija desdichada mía! 
Perdona la tiranía 
de las leyes del honor. 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



f 



ACTO TERCERO 



Retrete ó gabinete de Isabel. Dos puertas 



ESCENA PRIMERA 

ISABEL, TERESA. Aparece Isabel ricamente vestida, sentada en un 

sillón junto á una mesa, sobre la cual hay un espejo de mano, hecha 

de metal. Teresa está acabando de adornar á su ama 

Ter. ¿Qué os parece el tocado? Nada, ni me oye. 

Que os miréis, os digo; tomad el espejo (se 

le da á Isabel, que maquinalmente le toma, y deja caer 

la mano sin mirarse.) A esctra puerta.. ¡Mi- 
ren qué trazas estas de novia! ¡Ved qué pre- 
ciosa gargantilla voy á poneros! (isabei inclina 
ia cabezal Pero alzad la cabeza, Isabel. Si esto 
es amortajar un difunto. 

Isab. ¡Marsilla! 

Ter. (Aparte.) (Dios le haya perdonado.) Ea, se 

concluyó. Bien e-tais. Ello, fí, me habéis he- 
cho perder la paciencia treinta veces. 

Isab. ¡Madre míal 

Ter. Si echáis menos á mi señera, ya os he dicho 

(¡ue no está en casa, porque para ella la ca- 
ridad es antes que todo. El juez de este año, 
Domingo Celladas, tenía un hijo en tierra 
de infieles: Jaime, ya le conocéis. Hoy, sin 
que hubiese noticia de que viniera, se le 
han encontrado en el camino de Valencia 
unos mercaderes, herido y sin conocimien- 



— 44 — 

to.Por un rastro de sangre que iba á parar á 
un hoyo, se ha comprendido que debieron 
echarle dentro; y se cree que hasta poder 
salir, habrá estado en el hoyo quizá más de 
un día, parque las heridas no son recientes. 
Vuestra madre ha sido llamada para asistir- 
le: me ha encargado que os aderece, os he 
puesto hecha una imagen, y ni siquiera he 
logrado que deis una mirada al vestido para 
decir si osgnsta. 

Isab. Sí: es el último. 

Tér. ¡El dulcísimo nombre de Jesús! No lo quie- 

ra Dios, Isabelita de mi alma: no lo querrá 
Dios; antes os hará tan dichosa como vos 
merecéis. Pero salid de ese abatimiento: mi- 
rad que ya van á venir los convidados á la 
boda, y es menester no darles que decir 

Isal. (con sobresalto.) ¿Qué hora es ya? 

Ter. No tardarán en tocar á vísperas ahí al lado, 

en San Pedro. Es la hora en que salió de 
Teruel don Diego, y hasta que pase, mi se- 
ñor no se considera libre de su promesa 

Isaií. Sí, á esa hora, á esa hora mismo partió... 

para nunca volver. En este aposento, allí, 
delante de ese balcón, estaba yo, llorando 
sobre mi labor, como ahora sobre mis galas. 
Continuamente miraba á la calle por donde 
había de pasar, para verle; ahora no miro: 
no le veré. Por allí vino, dirigiendo el fogo- 
so alazán, enseñado á pararse bajo mis bal- 
cones. Por allí vino vestida la cota, la lanza 
en la mano, al brazo la banda, último don 
de mi cariño. Hasta la dicha ó hasta la tum- 
ba, me dijo. Tuya ó muerta, le dije yo: y caí 
sin aliento en el balcón mismo, tendidas las 
manos hacia la mitad de mi alma, que se 
ausentaba. ¡Suya ó muertal ¡Y voy á dar la 
mano á Rodrigol ¡Bien cumplo mi palabra! 

Ter. Hija mía, desechad es^s ideas. Yo, ¿qué os 

he de decir para consolaros? Que os he vis- 
to nacer, que habéis jugado en mis brazos 
y en mis rodillas... y qué diera yo porque 
recobraseis la paz del alma y fuerais feliz! 
jAyl diera yo todos los días que me faltan 
que vivir, menos uno para verlo. 






— 45 — 

Isab. ¿Feliz, Teresa? Con este vestido, ¿cómo he 

de ser feliz? ¡Pesa tanto, me ahoga tanto!. .. 

Quítamele, Teres». (Levantándose.) 

Ter. ¡Señora, que viene don Rodrigo. 

Isab. ¡Don Rodrigo! Busca pronto á mi madre. 

(Vase Teresa.) 



ESCENA II 

DON RODRIGO, ISABEL 

Rod. Mis ojos por fin os ven 

á solas, ángel hermoso. 
Siempre un amargo desdén 
y un recato rigoroso 
me han privado de este bien, 
— Trémula estáis: ocupad 
la silla. 

Isab. ¡Ante mi señor! 

Rod. Esclavo diréis mejor. 

Soberana es la beldad 
en el reino del amor. 

Isab. ¡Mentida sobaran ;'a: 

Rod. pe mi rendimiento fiel 

que dudarais no creía. 
¡Si á conocer, Isabel, 
llegaseis el alma mía! 

Isab. ¿Para qué? Señas ha dado 

que indican su índole bella. 

Rud. Mi destino desastrado 

sólo mostrar me ha dejado 
lo deforme que hay en ella. 
Un Azagra conocéis 
orgulloso y vengativo; 
y otro por fin hallaréis, 
que en vuestro rigor esquivo 
figuraros no podéis. 
El Azagra que os adora, 
el Azagra para vos, 
aun no le visteis, ¡-eñora, 
y nos conviene á los dos 
una explicación ahora. 

Isab. Mis padres pueden mandar, 



— 46 — 

yo tengo que obedecer, 
nada pretendo saber: 
hiciera bien en callar 
quien ha logrado vencer. 
Rod. Él vencedor, que aparece 

lleno ante vos de amargura, 
manifestaros ofrece 
que sabe lo que merece 
doña Isabel de Segura. 
Os vi, y en vos admiré 
virtud y belleza rara: 
digno de vos me juzgué, 
y uniros á mí juré, 
costara lo que costara. 
Maldición más espantosa 
no pudo echarme jamás 
una lengua venenosa, 
que decir: No lograrás 
hacer á Isabel tu esposa. 
— Lidiaré, si es necesario, 
por ella con todo el orbe, 
clamaba yo de ordinario, 
¡infeliz el que me estorbe,' 
competidor ó contrario! 
En mi celoso furor 
cabe hasta lo que denigre 
mi calidad y mi honor. 
Amo con ira de tigre; 
pero es muy grande mi amor.- 
No es el vuestro tan delicado, 
me pintéis para mi mengua: 
quizá no la haya expresado 
en seis años vuestra lengua, 
sin que me lo hayan contado. 
Cuantas cartas escribió 
Marsilla ausente, leí: 
él su retrato no vio, 
yo sí: junto á vos aquí 
siempre tuve un guarda yo. 
Ha sido mi ocupación 
observaros noche y día; 
y abandonaba á Monzón 
siempre que lo permitía 
ía marcial obligación. 






— 47 — 

Viéndoos al balcón sentada 
por las noches á la luna, 
mi fatiga era pagada: 
jamás fué mujer ninguna 
def amante más respetada. 
Para romper mis prisiones, 
para defectos hallaros 
fueron mis indagaciones; 
y siempre para adoraros 
encontré nuevas razones. 
Seducido el pensamiento 
de lisonjeros engaños, 
un favorable momento 
espero hace ya seis años, 
y aun llegado no lo cuento. 
Pero, por dicha, quizá 
no deba estar muy distante. 

Isak. ¡Qué! ¿Pensáis que cesará 

mi pasión ; muerto mi amante? 
No, lo que yo vivirá. 

Hod. Pues bien, amad, Isabel, 

y decidlo sin reparo; 
que condese amor tan fiel, 
aunque á mí me cueste caro, 
nunca me hallaréis cruel. 
Mas si ese afecto amoroso, 
cuya expresión no limito, 
mantener os es forzoso, 
yo, mi bien, yo necesito 
el nombre de vuestro esposo. 
No más que el nombre, y concluyo 
de desear y pedir; 
todas mis dichas incluyo 
en la dicha de decir: 
« Me tienen por dueño suj'o.» 
Separarla haoitación, 
distinto lecho tendréis... 
¿Queréis mas separación? 
Vos en Teruel viviréis, 
yo en la corte de Aragón. 
¿Teméis que la soledad 
bajo mi techo os consuma? 
Vuestros padres os llevad 
con ves; mudaréis, en suma, 






— 48 — 



de casa y de vecindad. 

Nunca, sin vuestra licencia, 

veré esos divinos ojos .. 

jAyl Dádmela con frecuencia. 

Si os oprimen los enojos, , 

hablad, y mi diligencia, 

ya un festín, ya una batida, 

ya un torneo, dispondrá. 

Si lloráis... Prenda querida, 

cuando lloréis, ¿qué os dirá 

quien no ha llorado en su vida? 

Míseros ambos, hacer 

con la indulgencia podemos 

menor nuestro padecer. 

Ahora, aunque nos casemos, 

¿me podréis aborrecer? 
Jsab ¡Don Rodrigo, don Rodrigo! (sollozando.) 

Roo. ¿Lloráis? ¿Es porque me muestro 

digno de ser vuestro amigo? 

¿No sufrí del odio vuestro 

bastante él duro castigo? 
Isab. jOh, no, no! Mi corazón 

palpitar dé odio no sabe." 
Roo. Ni al mirar vuestra aflicción 

hay fuerza en mí que no acabe 

rindiéndose á discreción. 

Es ya el caso de manera 

que el infausto desposorio 

viene á ser obligatorio 

para ambos: lo demás fuera 

dar escándalo notorio. 

Pero el amor que os consagro 

se ha vuelto á vos tan propicio, 

que si Dios en su alto juicio 

quiere obrar hoy un milagro... 

contad con un sacrificio, i 

Ayer, si resucitara 

mi aciago rival Marsilla, 

sin compasión le matara, 

y sin limpiar la cuchilla 

corriera con vos al ara. 

Hoy, resucitado ó no, 

si antes que me deis el sí 

viene... que triunfe de mí. 






— 49 — 

Isab. ¡Vos sí que triunfáis así 

de esta débil mujer! 

(El llanto le ahoga la voz por unos instantes; luego, 
al ver á don Pedro y á los que le acompañan, ee con- 
tiene, exclamando. ^ 

¡Oh! 



ESCENA III 

DON PEDRO, DuX MARTÍN, DAMAS, CABALLEROS, PAJES. 
ISABEL, DON RODRIGO. Después TERESA 

Pedro Hijos, el sacerdote que ha de bendecir vues- 
tra unión, ya nos está esperando en la igle- 
sia. Tanto mis deudos como Jos de Azagra 
me instan á que apresure la ceremonia; pero 
aún no ha fenecido el plazo que otorgué á 
don Diego. Al toque de vísperas de un do- 
mingo salió de su patria el malogrado joven, 
seis años y siete días hace: hasta que suene 
aquella señal en mi oído, no tengo libertad 
para disponer de mi hija, (a don Martín.) Por- 
que veáis de qué modo cumplo mi promesa, 
os he rogado que vinierais aquí. 

Mart. ¡Inútil escrupulosidad! No os detengáis. No 
romperá mi hijo el seno de la tierra para re- 
conveniros. 

Is¿b. (Aparte.) ¡Infeliz! 

Pedro Fiel á lo que juré me verá desde el túmulo, 

cual me hallaría viviendo, (sale Teresa.) 

Rod. Isabel deseará la compañía de su madre: 

pudiéramos pasar ñor casa del juez... 

Ter . Ahora empezaba el herido á volver en su 

conocimiento. Si antes de vísperas no se 
halla mi señora en la iglesia, es señal de que 
no puf de asistir á los desposorios : esto me 
ha dicho. 

Pedro la esperaremos en el templo, (a don Martín.) 

Si la pesadumbre os permite acompañarnos, 
venid... 

Mart. Excusadme el presenciar un acto que debe 
serme tan doloroso. 



- SO — 



Pedro 



ISAB. 



Estad seguro de que mientras no oigáis las 

campanas, no habrá dado su mano Isabel. 

Estos caballeros podrán atestiguar que se 

esperó hasta el cabal vencimiento del plazo. 

Marchemos. 

(Aparte.) j Morada de mi pasado bien, adiós 

para Siemprel (Vanse todos, menos don Martín.) 



ESCENA IV 

DON MARTIN 

Con pena, con celos V30 yo á Isabel dirigirse 
al altar. Tiempo fué en que la tuve por hija; 
hoy me quitan su filial cariño, y ella con- 
siente. Pero, ¿qué falta hace al mísero cadá- 
ver de mi hij\> la constancia de la que él 
amó? Si su sombra necesita lágrimas, ¿no le 
bastan las mías? 



ESCENA V 

ADEL, DON MARTIN 



Ai^EL 

Marx. 

Adel 

Mart 

Adel 

Mart, 

Adel 

Mart, 

Adel 
Mart , 



Adel 
Mart 



Cristiano, busco á Martín Marsilla, que está 
aquí, según se me dice. ¿Eres tú? 
Yo soy. 

¿Qué sabes de tu hijo? 
Moro... su muerte. 
Esa noticia, ¿quién la ha traído? 
Un joven forastero. 
¿En dónde para? 

Apenas se detuvo en Teruel; yo no pude 
v«rle. 

¿Qué ha pasado con Jaime Celladas? 
Le han herido gravemente al llegar á la villa: 
En su lecho yace todavía sin voz ni conoci- 
miento. 

¿ l uego tú nada sabes? 
¿Qué vas á decirme? 



5i — 



-A DEL 



Mart. 
Adel 

Mart. 

Adel 

Mart. 

Adel 



Mart 



Acabo de averiguar que disfrazada con traje 
de hombre, ha entrado en Teruel Zulima, 
la esposa del Amir de Valencia. 
¿La que fué causa de la pérdida de mi hijo? 
El la desdeñó, y ella se ha vengado min- 
tiendo. 
¿Mintiendo? 

¡Anciano! Bendice al Señor: aun eres padre. 
¡Dios poderosol 

Tu hijo libró de un asesinato pérfido al 
Amir de Valencia, y el Amir le ha colmado 
de riquezas y honores. Herido en un com- 
bate, no se le permitió caminar hasta repo- 
nerse. Jaime venía delante para anunciar su 
vuelta. Sigúeme, y no pararé hasta poner á 
Marsilla en tus brazos, (vase.) 

1 Alzando las manos al cielo, arrebatado de júbilo.) 

;Señor, Señor! 



ESCENA VI 



margarita y don martin 



MaRG. (Dentro.) [Isabel, Isabel! (Sale y repara en don 
Martín que se retiraba con Adel.) Don Martín... 

Mart. (Deteniéndose.) Margarita, sabedlo... 

Marg. Sabedlo el primero, Jaime Celladas... 

Mart. Ese moro que veis... 

Marg. Ha vuelto en sí. 

M*rt. Viene de Valencia. 

Marg. Jaime también. 

Mart. Vive mi hijo. 

Marg. Lo ha dicho Jaime. Corred, impedid ese ca- 
samiento. (Oyese el toque de vísperas.) 

Mart. ¡Ahí ya es tarde. 

Marg. ¡Dios ha rechazado mi sacrificio! 

Mart. jHijo infeliz! 

Marg. jHija de mis entrañas! (vase.) 



Bosque inmediato á Teruel.) 



— 52 



ESCENA VJI 

MARSILLA, atado á un árbol 

Infames bandoleros, 

que nie habéis á traición acometido, 

venid y ensangrentad vuestros aceros: 

la muerte ya por compasión os pido. 

— Nadie llega, de nadie soy oído: 

vuelve el eco mis voces, y parece 

que goza en mi dolor y me escarnece. 

Me adelanté á la escolta que traía: 

su lento caminar rre consumía. 

Yo vengo con amor, ellos con oro. 

— Enemigos villanos, 

los ricos dones del monarca moro 

no como yo darán en vuestras manos: 

tienen quien los defienda. 

Pero las horas pasan, huye el día. 

¿Qué vasa irnag'nar, Isabel mía? 

¿Qué pensarás, idolatrada prenda, 

si esperando abrazar al triste Diego, 

corrido el plazo ves, y yo no llego? 

Mas por Jaime avisa .'os 

en mi casa estarán: pronto, azorados 

con mi tardanza... Sí, ya se aproxima 

gente. ¿Quién es? 



ESCENA VIII 



ZULIMA, en traje: de hombre. MARSILLA 



ZUL. 

Mars. 

ZüL. 



Mars. 



Yo soy. 

¡CielosI ¡Zulimal 
jTú aquí! (Aparte) (¡Presagio horrendol) 
Vecinos de Teruel tienen corriendo 
á quienes más que á mí toca librarte: 
yo solo en esta paite 
me debo detener mientras te digo 
que Isabel es mujer de don Rodrigo. 
¡Gran Dios!-Mas'no: me engañas, impostora. 



— 53 - 

Zül. Zaen, que llega de Teruel ahcra, 

Zaen ha visto dar aquella mano 
tan ansiada por tí. 

Mars . Finges en vano. 

Tú ignoras que mi próxima llegada 
previno un mensajero. 

Zul. Tú no sabes 

que un tirador certero 
tupo dejar tu previsión burlada, 
saliéndole al camino el mensajero. 
Yo hablé con Isabel, yo de tu muerte 
la noticia le di, y á los bandidos 
encargué que tu viaje detuvieran. 
Yo, celebradas de Isabel las bodas, 
te las vengo á anunciar. 

Mars . ¿Conque es ya tarde? 

Zul. Mírame bien, y dúdalo si puedes. 

Inútiles mercedes 
el rey te prodigó: más ha podido 
la triste esposa que el feliz marido. 
Yo mi amor te ofrecí, bienes y honores, 
y te inmolé mi fe y el ser que tengo; 
tú preferiste ingrato nrs rencores: 
me ofendiste cruel, cruel me vengo. 
Adiós: en mi partida 
te dejo per ahora con la vida, 
mientras padeces en el duro potro 
de ver á tu Isabel en brazos de otro, (vase.) 



ESCENA IX 

MARSILLA 

Monstruo, por cuya voz ruge el abismo; 
vuelve y di que es engaño 

todo lo que te OÍ. (Forcejea para desatarse.) 

Lazos crueles. 
¿Cómo me resistís? ¡Ligan cordeles 
al que hierros quebró! ¿No soy el mismo? 
jAhl no. Mujer fatal, cortos instantes 
me quedan que vivir, si no has mentido; 
pero permita Dios que mueras antes! 



- 54 



ESCENA X 

ADEL pasando por una altura, MARSILLA 

Adel Rumor aquí he sertido. 

Atraviesan el valle bandoleros 

con Zulinia á caballo. N 

Yo, cueste lo que cueste, 

la tengo de prender: voy á ver si hallo 

cerca mis compañeros. 
Mars. ¿Quién va? v 

Adel Marsilla es este. 

(a voces.) 

[Aquí! ¡Por este lado, caballeros! 

(Vase.) 



ESCENA XI 



DON MARTÍN, CABALLEROS y CRIADOS, MARSILLA 



Mart. 

Mars. 

Voces 

Mars 

Mart. 



Mars. 
Mart. 
Mars. 
Mart. 
Mars. 

Mart. 



Mars 



El es. (Dentro.) 

¡Mi padre! 

(Dentro.) El es. 

¡Padre! 

(Dentro.) ¡HíjO mío! 

Subid, corred, volad: libradle pronto. 

(Salen caballeros y criados.) 

Desatadme, decidme... (Desatan a Marsilla.) 

(Saliendo.) ¡Hijo querido! 

¡Padre! 

Por fin te hallé. 

Decid... ¿Es tarde? 
Yo quisiera dudar... Mi mal, ¿es cierto? 
Respóndante las lágrimas que vierto. 
Hijo del alma, á quien su hierro ardiente 
la desgracia al nacer marcó en la frente, 
tu triste padre, que por verte vive, 
con dolor en fus brazos te recibe. 
¿Quién tu llegada ha retardado? 

El cielo...- 



— S5 — 

El infierno... No sé... Facinerosos... 
Una mujer... Dejadme. 

Mart. ¿La sultana? 

¿Esos bandidos que cobardes huyen 
de los guerreros que conmigo traje? — 
¿Te han herido? 

Mars. jOjalá! 

Makt. ¿Te han despojado*? 

Mars. Nada he perdido. La esperanza solo. 

Mart. jSuerte cruel! Cuando el fatal sonido 

de la campana término ponía... 

Mars. ¡Esa tigre anunció la muerte mía! 

Mart. ¿Lo sabes? 

Mars. De ella. 

Mart. ¡Horror! Entonces era 

cuando Jaime, el sentido recobrando, 
la traidora noticia desmentía. 
Corro al templo á saber... Miro, enmudezco. 
¡Eran esposos ya! Tu bien perdiste... 
Dios lo ha querido así... Pero aun te quedan 
padres que Jloren tu destino triste. 

IVÍars . El ajeno dolor no quita el mío. 

¿Con qué llenáis el hórrido vacío 
que el alma siente, de su bien privada? 
¡Padre, sin Isabel, para Marsilla 
no hay en el mundo nada! 
Por eso en mi doliente desvarío 
sed bárbara de sangre me devora. 
Verterla á ríos para hartarme quiero, 
y cuando más que derramar no tenga, 
la de mis venas soltará mi acero. 

Mart. Hijo, modera ese furor. 

Mars. ¿Quién osa 

hijo llamarme ya? Fuera ese nombre. 

La desventura quiebra 

los vínculos del hombre con el hombre 

y con la vida y la virtud. Ahora, 

que tiemble mi rival, tiemble la mora. 

Breve será su victorioso alarde: 

para acabar con ambos aún no es tarde. 

Mart. ¡Desgraciado! ¿qué intentas? 

Mars. Con el crimen 

el crimen castigar. Una serpiente 
se me enreda en los pies; mi pie destroce 



— 56 — 





su garganta infernal. Un enemigo 




me aparta de Isabel: huya ó perezca. 


Mart. 


Hijo... 


Mars. 


Perecerá. 


Mari. 


No- 


Mars. 


Maldecido 




mi nombre sea, si la sangre odiosa 




de mi rival no vierto. 


Marx. 


Es poderoso... 


Márs. 


Marsilla so} 7 . 


Mart. 


Mil deudos le acompañan. 


Mars. 


Mi furia á mí. 


Mart. 


Merézcate respeto 




ese lazo... 


Mars. 


Es sacrilego, es injusto. 


Mart. 


En presencia de Dios formado ha sido. 


Mars. 


Con mi presencia queda destruido. 



FIN DEL ACTO TERCERO 



ACTO CUARTO 



Habitación de Isabel en la casa de don Rodrigo. Dos puertas á la iz- 
quierda del espectador, una en el fondo'y una ventana sin reja á l;i- 
derecha. 



ESCENA PRIMERA 



DON PEDRO, DON MARTÍN 



Pedro Ya cesó la vocería. 

Mart. Ya se tranquiliza el pueblo. 

Zaen en la cárcel queda 
con los demás bandoleros. 

Pedro Milagro ha sido salvarlos 

mayor que lo fué prenderlos. 

Mart. Y no los prenden quizá, 

si no acuden tan á tiempo 
los moros que de Valencia 
con los regalos vinieron 
de su Rey para mi hijo. 
¡Regalos ya sin provecho! 
I Castigue Dios á q.iien tiene 
la culpa! 

Pedro ¡Oh, lo -hará! — Primero 

que vayamos esta noche 
los dos al ayuntamiento, 
donde }*a deben hallarse 
juntos el juez y mi yerno, 
¿tendréis, don Martín, á bien 



— 58 — 





que los dos conferenciemos 




un rato? 


Mart. 


Hablad. 


PaDRO 


Aquí está 




Zulima. 


Mart. 


Bien me dijeron 




los moros. 


Pedro 


En esta calle 



arremetió con los presos 
un tropel de gente, y ella, 
puesta en libertad en medio 
del tumulto, se arrojó 
por estas puertas adentro. 

Mart. Confesad que don Rodrigo 

la salvó 

Pedro No lo confieso... 

porque no lo vi. 

Mart. Yo, en suma, 

no diré que fué mal hecho: 
él debe á la mora estar 
agradecido en extremo. 
Por ella logra la mano 
de Isabel. 

Pedro Resentimiento 

justo mostráis; pero yo, 
que he sido enemigo vuestro, 
necesito de vos hoy. 

Mart. Aquí me tenéis, don Pedro 

Pedro Sois quien sois. — Esa mujer 

nos pone en terrible aprieto. 
Ya veis, los moros reclaman 
su entrega con mucho empeño. 

Mart. Y mientras el juez resuelve, 

cercada se ve por ellos 
esta casa. 

Pedro " ¿Y bien, quisierais 

que entre vos y yo, de un riesgo 
libráramos á Teruel? 

Mart. Crimen fuera no quererlo. 

Pedro Si en la junta de la villa 

negamc s, como debemos, 
la entrega de la sultana, 
va á ser enemigo nuestro 
el rey de Valencia, y puede 
gravísimo daño hacernos. 



— 59 — 

Mart. Y el que recibimos ambos 

de su mujer, ¿es pequeño? 
Pedro Pero es mujer, y nosotros 

cristianos y caballeros. 
Mart. Proseguid. 

Pedro El compromiso 

queda evitado, si hacemos 

que huya en el instante. 
Mart. Hagámoslo» 

— Pagúeme Dios el esfuerzo 

que me cuesta no vengarme. 

Disponed. 
Pedro Con un pretexto, 

Uevad los moros de aquí. 

De vos harán caso. 
Mart. Creo 

que sí. 
Pedro Lo demás es fácil. 

Puesta ya en salvo, diremos 

que ella huyó por sí. 
Mart. Voy, pues, 

y } T a que la mano tiendo 

al uno de los autores 

de mi desventura, quiero 

dársela también al otro. 

Decid al dichoso dueño 

de esta casa y de Isabel 

que mire en estos momentos 

por su vida; que mi hijo 

v£, loco de sentimiento 

y de furor, en su busca 

por Teruel; y, ¡vive el cielo!, 

que, doliente como está, 

valor le sobra al mancebo 

para vengar... Perdonadme. 

[Adiósl Voy á complaceros 

y á buscarle y conducirle 

esta misma noche lejos 

de unos lugares en donde 

vivimos los dos muriendo. 

(Vase por la puerta de la izquierda más cercana 
proscenio.) 

Pedro Id con Dios. — ¡Padre infeliz! 

¿Y nosotros? Me estremezco 



- 60 - 

al pensar en Isabel, 
cuando de todo el suceso 
llegue á enterarse. 






ESCENA II 



TERESA, DON PEDRO 



Ter. 


(Dentro.) ¡Favor, 




que me vienen persiguiendo! (sale.) 


Pedro 


¡Teresa! ¿Qué h*y? ¿Quién te sigue? 


Ter. 


Las ánimas del infierno... 




las del purgatorio .. No 




sé cuales; pero las veo, 




las oigo... 


Pedro 


Mae, ¿qué sucede? 


Ter. 


¡Ay! Muerta de susto vengo. 




¡Ay! Isabel me ha enviado 




por mi señora corriendo, 




que volvió, no sé por qué, 




á la casa del enfermo; 




y antes de llegar he visto 




en un callejón estrecho 




junto á la ermita caída... 




¡Jesús! Convulsa me vuelvo 




á casa. 


Pedro 


¿Qué viste? Di. 


Ter. 


Un faütasma, un espectro 




todo parecido, todo, 




al pobrecito don Diego. 


Pedro 


('alia, no te oiga Isabel. 




Guarda con ella silencio. 




Marsilla ha venido, y ella 




no lo sabe. 


Ter. 


Pero, ¿es cierto 




que vive? 


Pedro 


(/No ha de ser? 


Ter. 


¡Ay! 




Pues otra desgracia temo. 


Pedro 


¿Cuál? 


Ter. 


No lo aseguraré, 




por si es aprensión del miedo; 




sin embargo, yo creí 



— 61 — 

ver que se llevaba el muerto 
asido del brazo al novio. 

Pedro ¿Qué dices? 

Ter. Aun traigo el eco 

de su voz en los oídos. 
Con alarido tremendo 
decía: «Vas á morir, 
vas á morir.» «Lo veremos,> 
replicaba don Rodrigo; 
y echando votos y retos 
iban los dos como rayos 
camino del cementerio. 
Yo, señor, ya les recé 
la Salve y el Padrenuestro 
en latín. 

Pedro Se han encontrado, 

y van á tener un duelo. 
Esto es antes. 



ESCENA 111 

ISABEL por la segunda puerta del lado izquierdo. DON PEDRO, 
TERESA 



Isab. ¡Padre! 

Pedro Aguárdame 

aquí: pronto volveremos 
tu madre, tu espoeo y yo. 
Venid, Teresa, (vanse ios dos.) 

Isab. ¿Qué es esto? 

¡Mi padre me deja sola, 
Cuando con tanto secreto 
un moro me quiere hablar! 
Sin duda están sucediendo 
cosas extrañas aquí. 

(Acércase á la segunda puerta.) 

Llegad. Al mirarle, tiemblo. 



— 62 — 
ESCENA IV 

ADEL, ISABEL 

Adel . Cristiana, que das honor 

á tu equivocada \ey, 

yo imploro en nombre del rey 

de Valencia tu favor. 
Isab. ¿Mi favor? 

Adel ¿Tendrás noticia 

de que salió de su corte 

Zulima, su infiel consorte, 

huyendo de su justicia? 
Xsab . Sí. 

Adel Mi señor decretó 

con rectitud musulmana 

castigar á la Sultana 

ya que á Mai silla premió. 
Isab. ¡Premiar!... ¿Ignoras, cruel, 

que le dio muerte sañuda? 
Adel Tú no le has visto, sin duda, 

entrar, como yo, en Teruel 
Isab . ¿Marsilla en Teruel? 

Adel Sí. 

Isab. Mira 

si te engañas. 
Adel Mal pudiera. 

Infórmate de cualquiera, 

y mátenme si es mentira. 
Isab . No es posible. ¡Ah, sí! Que siendo 

mal, no es imposible nada. 
Adel Por la villa alborotada 

tu nombre va repitiendo. 
Isab . ¡Eterno Dios! ¡Qué infelices 

nacimos! — ¿Cuándo ha llegado? 

¿Cómo f s que me lo han callado? 

— ¿Y tú, porqué me lo dices? 
Adel Porque estás, á mi entender, 

en grave riesgo quizá. 
Isab. Perdido Marsilla, ya 

¿qué bien tengo que perder? 
Adel. Con viva lástima escucho 



- 63 — 



ISAB . 

Adel. 



ISAB. 

Adel. 



Isab . 

Adel. 



Isab. 
Adel. 
Isab. 
Adel. 



Isab. 

Adel. 



tus ansias de amor extremas; 
pero aunque tú nada temas, 
yo debo decirte mucho. 
Marsilla á mi rey salvó 
de unos conjurados moros, 
y el re} r vertió sus tesoros 
en él y aquí le envió. 
El despreció la liviana 
inclinación de la infiel... 
¡Oh! ¿Sí? 

Y airada con él, 
vino y se vengó villana 
contando su falso fin. 
¡Ella! 

Con una gavilla 
de bandidos, á Marsilla 
detuvo, ya en el confín 
de Teruel, donde veloces 
corriendo en tropel armado, 
le hallamos á un tronco atado, 
socorro pidiendo á voces. 
Calla, mero: no más. 

Pasa 
más y es bien que te aperciba. 
— La sultana fugitiva 
se ha refugiado en tu casa. 
¡En mi casa mi rivall 
Tu esposo la libertó. 
¡Ella donde habito yo! 
Guárdate de su puñal. 
Por celos allá en Valencia 
matar á Marsilla quiso. 
A tiempo llega el aviso. 
Confirma tú la sentencia 
que justo lanzó el Amir. 
Por esa mujer malvada, 
para siempre separada 
de Marsilla has de vivir. 
Ella te arrastra al odioso 
tálamo de don Rodrigo. 
Envíala tú conmigo 
al que le apresta su esposo, 
p°na digna del ultraje 
que siente. 






— 64 — 

Isab . Sí, moro: salga 

pronto de aquí, no ]e valga 
el fuero del hospedaje. 
Como perseguida fiera 
entró en mi casa: pues bien, 
al cazador se la den, 
que la mate donde quiera. 
Mostrarse de pecho blando 
con ella, fuera rayar 
en loca: voy á mandar 
que la traigan arrastrando. 
Sean de mi fuiia jueces 
cuantas pierdan lo que pierdo. 
¡Jesús! Cuando yo recuerdo 
que boy pude... ¡Jesús mil veces! 
Ño le ha de valer el llanto, 
ni el ser mujer, ni ser bella, 
ni reina. ¡Si soy por ella 
tan infeliz... tanto, tanto!... 
Vamos á ver, tu señor, 
¿qué suplicio la impondrá? 

Apel. Una hoguera acabará 

con su delincuente amor. 

Isab. ¡Su amor! ¡Amor desastrado! 

Pero es amor... 

Adel. ¿Y es bastante 

esa razón?... 

Isab. ¡IÜs mi amante 

tan digno d^ ser amado! 
Le vio, le debió querer 
en viéndole. — ¡Y yo, que hacía 
tanto que no le veía... 
y ya no le puedo ver! 
— Moro, la víctima niego 
que me vienes á pedir: 
quiero yo datle á sufrir 
castigo mayor que el fuego. 
Ella con feroz encono 
mi corazón desgarró... 
me asesina el alma... yo 
la defiendo, la perdono, (vase.) 



— bo — 



ESCENA V 



ADEL 



He perdido la ocasión. 
Suele tener esta gente 
acciones, que de un creyente 
propias en justicia son. 
Yo oVjara con placer 
este empeño abandonado: 
pero el Amir lo ha mandado, 
y es iorzoso obedecer, (vase.) 



ESCENA VI 

HARSILLA, por la ventana 

Jardín... una ventana... 3 r ella luego. 

Jardín abierto hallé y hallé ventana; 

mas, ¿dónde está Isabel? Dios de clemencia, 

detened mi razón, que se me e capa, 

detenedme la vida, que parece 

que de luchar con el dolor se cansa. 

Siete días hace hoy, ,uué venturoso 

era en aquel salón! Sangre manaba 

de mi herida, es verdad; pero agolpados 

alrededor de mi lujosa cima, 

la tierna historia de mi amnr oían 

los guerreros, el pueblo y el monarca, 

y entre piadoso llanto y bendiciones, — 

tuya sera Isabel, — juntos clamaban 

subditos y Señor. Hoy no me ofende 

mi heii'la, rayos en mi diestra lunza 

el damasquino aceíb... No le trigo... 

y h*»ce un niomí ató que en dos me ballsba! 

— Salvo en Teruel y vencedor, ¿qué angustia 

viene á ser esta que me rinde el alma, 

cuando, acabada la cruel ausencia, 

voy á ver á Isabel? 



— 66 - 
ESCENA Vil 

ISABEL, MARSILLA 

Ísab. Por fin se encarga 

mi madre de Zulima. 

Mars. j Cielo santo! 

I-ab. ¡Gran Dios! 

M rs. ¿No es ella? 

Isab. jEl es! 

Mars. ¡Prenda adoradál 

Isab. ¡Marsillal 

Mars. ¡Gloria mía! 

Isab. ¿Cómo ¡ay! cómo 

te atreves á poner aquí la planta? 
Si te han visto llegar... ¿A qué has venido? 

Mars, ' Por Dios... que lo olvid' . Pero ¿no hasta, 
para que ha ia Isalel vuele Ma» silla, 
querer, d°ber, necesitar mirarla? 
¡Oh, qué hermosa á mis ojos te presentas! 
Nunca te vi tan bella, tan galana...' 
y un pesar, sin embargo, indefinible 
me inspiran esas joyas, esas galas. 
Arrójalas, mi bien: lana modesta, 
candida ñor, en mi jardín criada, 
vuelvan á ser tu virginal adorno: 
mi amor se asusta de riqueza tanta. 

ÍSAB. (Aparte.) 

(.Delira.el infeliz! Sufrir no puedo 

su dolorida, atónita mirada.) 

¿No entiendes lo que indica, el atavío, 

que no puedes mirar sin repugnancia? 

Nuestra separación. 
Mars. ¡Poder del cielo! 

Sí. ¡Funesta verdad! 
ísab. ¡Estoy casada! 

Mars. Ya lo sé. Llegué tarde. Vi la dicha, 

tendí las manos y voló al tor arla. 
Isab. Me engañaron, tu muerte supusieron 

y tu infidelidad. 
Mars . j Horrible infamia! 

Isab. Yo la muerte creí. 



- 67 — 

Mars. Si tú vivías, 

y tu vida y la mía son entrambas 
una sola no mas, la que me a'ienta, 
¿cómo de ti sin ti me separara? 
Juntos a<mí nos desterró la mano 
que gozo y pena distribuye sabia, 
juntos al fin de la mortal carrera 
nos toca ver la celestial morada. 

Isab. ¡Oh, si me oyera Dios!... 

Mars. Isabel, mira, 

yo no vengo á dar quejas, fusran vanas. 
Yo no vengo á decirte que debiera 
prometerme de ti mayor constancia, 
cumplimiento mejor del tierno Voto 
que, invocando á la Madre inmaculada, 
me hiciste amante la postrera noche 
que me apartó de tu balcón el alba. — 
¡Para ti, sollozando me decías, 
ó si no para Dios! —¡Dulce palabra, 
consoladora fiel de mis pesares 
en los ardiente páramos del Asia 
y en mi cautividad' Hoy, ni eres mía, 
ni esposa d- 1 Señor. Di, pues, declara 
(esto quiero saber) de qué ha nacido 
el prodigio infeliz de tu mudanza. 
Causa debe tener. 

Isab, La tiene. 

Mars. Grande. 

Isab. Poderosa, invencible: no se casa 

quien ama como yo, sino cediendo 
á la fuerza mayor en fuerza humana. 

Mars. Dímelo pronto, pues, dilo. 

Isab. Imposible. 

No has de saberlo. 

Mars. Sí. 

Isab. No. 

jHars. Todo. 

Isab. Nada. 

Pero tú en mi lugar también el cuello 
dócil a la coyunda sujetaras. 

Mars. Yo, no, Is «bel, yo, no. Marsilla supo 
despreciar una mano soberana 
y la muerte arrostrar, por quien ahora 
la suya vende y el por qué le calla. 



- 63 - 

Isab. ¡Madre, madre! (Aparte.) 

Mars. Re; püiid 3. 

IShB. (/parte.) (¿Q'^é le digo?) 

Tendí é que confesar... que soy culpada. 
¿Cómo no lo be de ser? Me ves ajena. 
Perdóname .. Castíg> me por falsa, (Llora, j 
mátame, si es tu gusto.. Aquí me tienes 
para el golpe mortal arrodillada. 

Mars. Ídolo mío, rió; yo sí que debo 

poner mis labios en tus huellas. Alza. 
No es de arrapen» i aventó el lloro triste 
que esos luceros fúlgidos empaña; 
ese llanto es de amor, yo lo conozco, 
de amor constante sin doblez, sin tacha, 
ferviente, alisador, igual al mío. 
, ¿No es verdad, Isabel? Dímeio franca: 
va mi vida en oírtelo. 

Isaé. ¿Prometes 

obedecer á tu Isabel? 

Mars. ¡Ingrata! 

¿Cuándo me relelé cont<a tu gusto? 
¿Mi voluntad no e» tuya? Dispon, habla. 

Isab. Júralo. 

Mars. Sí. 

Isab. Pues bien: yo te amo, vete. 

Mars. ¡Cruel! ¿Temiste que v< ntura tanta 

me matase á tus pies, si su dulzura 
con venenosa hiél no iba mezclada? 
¿Cómo esas dos ideas enemigas 
de destierro y de amor hiciste hermanas? 

Isab. Ya lo ves, no soy mía; soy de un hombre 

que me hace de su honor depositaría, 
y debo serle fiel. Nuestros amores 
mantuvo la virtud libres de mancha: 
su puieza de armiño conservemos. — 
Aquí hay espinas, en el cielo palmas. 
Tuyo es mi amor y lo será; tu imagen 
siempre en el pecho llevaré grabada, 
y allí la adoraré: yo lo prometo, 
yo lo juro; mas huye sin tardanza. 
Libértame de ti, sé generoso: 
libértame de mí... 

Mars. . ' Ño sigas, basta. 

¿Quieres que huya de ti? Pues bien, te dej 



Valor... y separémonos. — En p^ga, 
en recmrdo si no de tantas penas 
co¡i gozo por ti amor sobrellevadas, 
permite, Isabel mía, que te estrechen 
mis brazos una vez. 

Isab, Deja á la esclava 

cumplir ccn su señor. 

Mars. Será el abrazo 

de un hf rmano dulcísimo á su hermana, 
el ósculo será qne tintas veces 
cambió feliz en la materna falda, 
nuestro amor infantil. 

Is\b. No lo recuerdes. 

Mars. Ven... 

ísab. No, jamás. 

Mars. En vano me rechazas. 

Isab. • Detente, ó llamo... 

Mars. ¿A quién? ¿A don Rodrigo? 

No te figures que á tu grito saiga. 
No lisonjeros plácemes oyendo, 
su vanidad en e 1 : estrado sicia, 
no; lejos de los muros de la villa 
muerde la tierra que su sangre baña. 

I c ab. ¡Qué horror! ¿Le has muerta? 

Mars. Pérfida ¿te afliges? 

Si lo liego á saber, ¿quién le librara? 

Isab. ¿Vive? 

Mars. Merced á mi nobleza loca, 

vive: apenas cruzamos las espadas, 
furiosa en él se encarnizó la mía: 
un momento después hundi lo estaba 
su orgullo en tierra, en mi poder su acero. 
¡Oh, maldita destreza de las armas! 
¡Maldito el hombre que virtudes siembra, | 
que le rinden cosechas de desgracias! 
No más humanidad, crímenes quiero. 
A ser cruel tu crueldad me arrastra, 
, y en ti la he de emplear. Conmigo ahora 
vas á salir de aquí. 

I^ab. |No, no! 

Mars. Se. trata 

de salvarte, Isabel. ¿Sabes qué dijo 
el cobirde .que lloras desolada 
al caer etí "la lid? «Triunfante quedas; 
pero mi sangre costará bien cara.» 



— 70 — 



ISAB. 

Mars 

lSAB. 

Mars, 

ISAB. 



Mars 

TSAB. 



¿Qué dijo, qué? 

« Me vengaré en don Pedro, 
en su esposa, en los tres: guardo las cartas .» 
jJesús! 

¿Qué cartas son?... 

¡Tú me has perdido! 
La desventura sigue tns pisadas. 
¿Dónde mi esposo está? Di nielo pronto, 
para que, fiel, á socorrerle vaya, 
y á fuerza de rogar venza sus iras. 
¡Justo Dios! ¿Y decía que me amaba? 
¿Con su pa ion funesta reconviene 
á la mujer del vengativo Azagra? 
Te aborrezco, (vase.) 



ESCENA VIII 



MARSILLA 



Voces 



¡Gran Dios! Ella lo dice. 
Con furor me lo dij >-. no me engaña. 
Ya no hay amor allí. Mortal veneno 
su boca me arrojó, que. al fondo pasa 
de mi seno infeliz, y, una por uva, 
rompe, rompe, me rompe las entrañas. 
Yo con ella, por ella, para ella 
viví .. Sin ella, sin su amor, me falta 
aire que respirar .. Era amor suyo 
el aire que mi pecho respiraba. 
Me le negó, me le quitó: me ahogt, 
no sé vivir. 
(Dentro.) Entrad, cercad la casa 



ESCENA IX 

ISABEL trémula y precipitada. MARSILLA 

t 

Isab. Huye que vi ne gente, huye. 

MARS. (Todo trastornado.) No puedo 

Voces ¡Muera, muera! ^Dentro.) 
Mars. Eao tí. 

Isab, Ven. 



71 — 



Mará. 



(.Isabel le ase la 
del fondo.) 



¡Dios me valga! 

ira con él por la pnev¡ 



ESCENA X 



ADEL, huyendo de varios Caballeros con espadas desnudas; DON 
PEDRO, MARGARITA, CRIADOS 



Cabal. 
J'edro 
Marg. 
Adel 



¡Muera, muera! 

Escuchad. 

Aragonés, 
yo la sangre vertí de ía Sultana; 
pero ei rey de Valencie, esporo suyo, 
tras tila me envió para matarla. 
Consorte criminal, ¿man te impía, 
la muerte de Marsilla maquinaba, 
la muerte de Isabel: para ambos era 
esta punta sutil envenenada. 

(Muestra el puñal de Zulima.) 

Marsilla lo que digo corrobore. 
Cerca de aquí ha de estar. 

(Ábrese la puerta del fondo, y sale por ella Isabel, que 
se arroja en brazos de Margarita, Marsilla aparece ten- 
dido en un escaño.) 



ESCENA XI 



ISABEL, DICHOS 

Is*b. ¡Madre del alma! 

Adel Vedleallí... 

M\rg. j Santo Dios! 

Pedro Inmóvil... 

Isab. ¡Muerto! 

Adel Cumplió Zulima su feroz.venganza. 

Isab. No 'e mató la vengativa mora. 

Donde estuviera yo, ¿quién le tocara? 

Mi desgraciado amor, que fué su vida... 

su desgraciado amor es quien le mata. 

Delirante le dije: Te aborrezco: 



- n - 

éi creyó la sacrilega palabra, 

y expiró de dolor. 
Marg. Por todo el cielo... 

Isab. El cielo que en la vida nos aparta, 

nos unirá en la tumba. 
Pedro ¡Hija! 

Isab. Marsilla 

un lugar á su lado me señala. 
Maig. ¡IsabeÍ! 
Pedro ¡lsabell 

Isab. Mi bien, perdona 

mi -despecho fatal Yo te adoraba. 

Tuya fui, tu* a soy: en pos del tuyo 

mi enamorado espíritu se lanza. 

(Dirígese donde está el cadáver de Marsilla; pero ante! 
de llegar, cae sin aliento ron los brazos tendidos haeis 
su amante.) 



FIN DEL DRAMA 



ARCHIVO Y COPISTERIA MUSICAL 

PABA GRANDE i PEQUEÑA ORQUESTA 



PROPIEDAD DK 



FLORENCIO FISCOWICH, EDITO* 



Habiendo adquirido de un gran número de nuestros me- 
jores Maestros Compositores, la propiedad del derecho <k 
reproducir los papeles de orqu^ta necesarios á la represen- 
tación y ejecución de sus obras musicales, hay un completo 
surtido de instrumentales que se detallan en Catálogo repa- 
rado á disposición de las Empresas. 



PUNTOS DE VENTA 



!n casa de los corresponsales de 
esta Galería ó acudiendo al editor, 
que concederá rebaja proporcionada 
al pedido á los libreros ó agentes.